Fidel

Por Julio Bulacio

Soy nadie pero –para mi bien-, Fidel también marcó mi vida. Un papel ajado, amarillento, que me acompañó primero desde un oscuro cajón en mi adolescencia y luego desde mis diferentes paredes –cuando pudimos mostrar(nos)-, dan cuenta de ello. Era un poema: “Fidel”, de Juan Gelman. Esas “pequeñas cosas” hacen que tenga ganas de contar…

Me encolumné en una tradición política para quienes el Che y Fidel siempre fueron figuras inescindibles, parte de lo mismo: en virtud y defecto. Nunca compartí el supuesto debate entre el principismo del Che y el pragmatismo de Fidel… Es más, casi siempre consideré una síntesis más cercana de teoría y práctica revolucionaria a Fidel, porque lo expresó en organización, en proyecto, en flexibilidad táctica…. Y cuando el Che se nos puso tan de moda, yo seguí leyendo y observando a Fidel, con cuya política me iba distanciando día a día y sin embargo era el referente obligado, querido…

Fui adolescente durante la dictadura pero también durante la Revolución Sandinista y la oleada revolucionaria con epicentro en Centroamérica; con Shafic Handal, el legendario “Barbaroja” y el viraje de los Partidos Comunistas con eje en la “unidad de los revolucionarios”… Sí, también durante la gran huelga metalúrgica de San Pablo y la fundación del PT en Brasil…

Y cuando nos golpeó el desencanto de los últimos años de la década del ‘80 apareció el libro de Rivera La revolución es un sueño eterno, que siguió “pariendo (mi) futuro”.

Pretendíamos ser finalmente hijos del gran mandato del Che y Fidel: principios, programa, flexibilidad táctica y coherencia estratégica… crítica, autocrítica y estudio: formarse como cuadro para que la revolución sea posible. Y voluntad! pero la voluntad de los convencidos, la llamada conciencia, la que penetra –y hace apostar- hasta el propio pellejo.

Y sin embargo, como parte de esa generación y esa tradición, pienso que fracasamos; no solo porque nos derrotaron (siempre es una posibilidad alta, nos forjamos en derrotas), sino porque nuestra teoría fue débil: el legado de 70 años de “socialismo real”, la propia revolución cubana y diría –hoy entrecomillado- “los éxitos”, hicieron que el dogmatismo, el sectarismo y el hegemonismo predominaran en nuestras prácticas. No entendimos; repetimos, fuimos “calco” y no “creación heroica”. Dimos respuestas a preguntas que no habíamos logrado sean formuladas por la propia masa. Aprendimos mucho: cuestiones teóricas y hasta técnicas, pero ahí quedamos, como repetición sobre una realidad que cambió y no fuimos capaces de comprenderla lo suficiente como para transformarla. Fuimos nostálgicos.

En plenos noventa Fidel sienta una nueva tesis: la crisis civilizatoria. Y esa definición, que incluía el señalamiento de que el límite del capital no eran solo las relaciones sociales sino la propia naturaleza, me pareció audaz pero poco desarrollada. Ahora bien, ¿no podía esa crisis civilizatoria encerrar algo más que la crisis del capitalismo, siendo quizás una crisis que nos involucraba a todos, incluida la experiencia de los “socialismos reales”? En otras palabras: digo que tal vez esa crisis civilizatoria y su capacidad para producir sentidos nos atravesó a casi todos, penetrando, arrebatando y resignificando nuestro propio lenguaje y lógicas.

Cuando murió el Che, el mundo que se anunciaba con su propia derrota era para muchos el de la victoria. Hoy no. No lo digo por el reciente nuevo ciclo abierto en América Latina, tan propio del desenvolvimiento del capital mientras no haya salida anticapitalista. Me refiero a un movimiento más estructural, al del capital financiero y su descomposición líquida penetrando y controlando los cuerpos y las conciencias a través de sus “redes”. Quizás al que refiere el Pepe Mujica cuando describe estas sociedades intoxicadas por tarjetas de crédito y vidas consumidas, enfrascadas en luchas secundarias y en donde “los monstruos nos copan por todos los flancos, en un mundo sin sentido…”. Es en esa realidad que se despliega una práctica que llevó a la aceptación de la política como pragmatismo, sin historicidad ni programa. Aquellos que sostuvieron principios fueron considerados parte del dogmatismo, de la falta de flexibilidad. Convivir con lo realmente existente y hacer lo posible, y no lo necesario, el norte.

Existe una agobiante realidad material e inmaterial que no puede ser soslayada, pero sigo considerando que no es un absoluto y –nuevamente Marx- es “dentro de [esas relaciones sociales donde] los hombres toman conciencia de este conflicto y lo combaten”. Pero para ello “los educadores también deben ser educados”, como dicen las Tesis sobre Feuerbach y su idea de una praxis continua, en la cual se transforman tanto el objeto como el sujeto. Es por ello que el hombre, al transformar con su trabajo la naturaleza exterior, se transforma a sí mismo en un proceso de autotransformación al infinito que excluye la posibilidad de que haya educadores que no deban ser ellos mismos educados. Y es en ese hilo que encuentro un primer legado –a costa de sobreinterpretar quizás al propio Fidel- dentro de esa tradición: posiblemente nuestras miradas y prácticas también habían sido penetradas por el desenvolvimiento de esa crisis civilizatoria. Y éramos parte…

Un segundo mandato: Fidel fue sinónimo de principios, de voluntad y de laboriosa construcción por una nueva conciencia de las masas que mutara en voluntad transformadora… porque como gritaba el poeta Elvio Romero, “con ellos y no con otros” para concluir en un “comprendíamos nosotros! Los innombrables”, poniendo en boca de las masas su propio sueño. Esa batalla por la conciencia de los sujetos de la historia siempre fue Fidel: en palabra, en acción…

Sobre su tercer –y no menor- mandato diría coherencia entre la teoría y la práctica, pero prefiero nombrarlo hoy por medio de otro par: estudio y austeridad.

Las famosas oratorias de Fidel eran producto de un marco teórico que le posibilitaba asentar su cosmovisión del mundo en una práctica que le daba significado y sentido. Y hasta en su propia vestimenta: de aquel uniforme verde olivo durante todo un ciclo, pasó al sobrio traje azul en otro momento, tal vez como indicador de una nueva etapa. Así se mostraba, nos mostraba y educaba en su coherencia entre forma y contenido, y en ambos indicaba su profundo desprecio por el capitalismo en su vulgaridad estructural y cotidiana. Frente a los argumentos marketineros y los datos efectistas, la solidez argumentativa; frente a la banalidad del mundo burgués, de la mercancía, del consumo, de la puerilidad de la imagen, irrumpía su austeridad espartana. Mostró el desprecio por este mundo que nos toca, por esta civilización fundada en el tener y no en el ser.

En definitiva, el humanismo marxista –el “todo para el hombre” de los Manuscritos– conquistado con la revolución social será el paso del “cuanto más tienes, más eres” a la reconquista del ser por el no-tener como acontecimiento colectivo: del no tener individual al tener colectivo. Del hombre parcelario y alienado por la propiedad privada al hombre total.

Y Fidel Castro disputó con tenacidad –hasta en sus gestos- la conciencia de esa humanidad.

Denunció, confrontó, alternativizó a todas las representaciones subjetivas del capital y sus lógicas. En tiempos de políticos efebos, superfluos, multimillonarios, aduladores del dinero y el capital, felices en la mentira del mercadeo electoral… Que saltan de baldosa sin mediar autocrítica alguna (simplemente ocultan y reinventan su pasado) porque saben que los balances educan, permiten nuevas subjetividades. En rigor, los miembros de esta nueva casta política solo sueñan con ser gobernantes en una sociedad con gobernantes y gobernados, con explotadores y explotados. A la primer gran pregunta gramsciana para pensar la construcción política, (“¿se quiere que existan siempre gobernantes y gobernados o, por el contrario, se desean crear condiciones bajo las cuales desaparezca la necesidad de la existencia de esa división?”) responden desde la reproducción del poder y el orden existente. Se pronuncian en sus actos contra la autonomía del sujeto capaz de construir su propia historia.

Anoche miraba aquella hoja ajada que me acompañó siempre y leía: “Historia agranda tus portones / entramos con Fidel con el caballo”. Hermoso –por ahora solo en el mejor de los casos buscando alguna hendija que nos permita por lo menos mirarla- aproximarnos y reconocer nuevamente quienes hacen con sus manos La Historia.

25.11.2016

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