Batalla de Ideas N° 5 – Editorial

UNA BATALLA DE IDEAS MÁS NECESARIA QUE NUNCA

Hacia la construcción de una izquierda popular

 

El comienzo del nuevo año ve aparecer un nuevo número de Batalla de Ideas, un espacio que consideramos vital para el desarrollo, puesta en funcionamiento y disputa de nuestras propias perspectivas estratégicas, tanto en el sentido fuerte como en el débil. A saber, ambos sentidos son “fuertes”. El primero, teórico-político, vinculado a las hipótesis basales sobre las que se construye nuestra motivación para la acción, la producción de nuestro conocimiento para la intervención y la transformación. El segundo, político-estratégico, como construcción práctica para la realización de tal vocación revolucionaria. Se trata, en última instancia, de llevar a cabo cierto mandato que se encuentra en el núcleo de nuestra genética política: si –como dijo algún fantasma que siempre vuelve– la pregunta sobre el pensamiento es de carácter eminentemente práctico, “toda verdad, incluso si es universal y también si puede ser expresada con una fórmula abstracta de tipo matemático (para la tribu de los teóricos) debe su eficacia al ser expresada en los lenguajes de las situaciones concretas particulares: si no es expresable en lenguas particulares es una abstracción bizantina y escolástica”. Este número de Batalla de Ideas tiene como pretensión, entonces, poner en nuestro lenguaje, en las palabras de los problemas que hoy nos opone el presente, aquellas preguntas que nos hacemos desde siempre para salvar a nuestros fines de la pura escolástica.

Esta Batalla de Ideas #5 aparece más tarde de lo que hubiésemos elegido. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde nuestro último número, a fines del año 2013. Sin ir más lejos, el triunfo de Cambiemos en 2015 –y su ratificación en las urnas a mediados de 2017– constituye el signo local de un cambio de época que excede límites nacionales y regionales para constituirse en un movimiento de carácter indudablemente mundial. El ascenso de Donald Trump en Estados Unidos, el impeachment a Dilma Rousseff en Brasil o el surgimiento de derechas (¿filo?) fascistas en Europa –como el caso de Marine Le Pen en Francia, el crecimiento de agrupamientos tales como Alternativa para Alemania o el Partido de la Libertad de Austria, la presencia renovada de Amanecer Dorado en Grecia– nos hablan de un intento de reestructuración de los sectores hegemónicos en pos de la articulación de una nueva ofensiva del capital a nivel global, así como del recrudecimiento de las formas políticas que puede adoptar tal ofensiva.

Pero como todo intento de renovación de la dominación burguesa, se produce en y debido a los desequilibrios en la correlación de fuerzas global entre clases, motivando crisis, desacomodamientos y resistencias que potencian la creatividad política y organizativa del movimiento popular. Los fenómenos como el de Podemos en España y la emergencia de otras fuerzas contestatarias en la vieja Europa; los últimos triunfos electorales del chavismo en Venezuela –cuando ya todos auguraban su caída–; el surgimiento del Frente Amplio en Chile y su excelente desempeño en las últimas elecciones; o la enorme resistencia del pueblo hondureño ante la burda manipulación de los resultados de los comicios del 26 de noviembre último –por citar solo algunos ejemplos que permiten enmarcar regional y globalmente los esfuerzos defensivos de los sectores populares argentinos–, son indicios que sugieren que la única previsión política posible es el carácter siempre abierto de la lucha de clases: el resultado final de la transformación política que surca el globo está aún por verse.

No podríamos aquí reponer exhaustivamente cada detalle que configura el escenario político nacional –al menos– desde la salida de nuestro último número hasta hoy. Baste reconocer que la coyuntura actual satura de motivos una nueva y necesaria reflexión. Dedicamos, así, este Batalla de Ideas #5 al análisis de la situación abierta en nuestro país a partir del triunfo de Cambiemos en 2015, no por haber caído súbitamente en un determinismo nacionalista fuera de época sino porque la profundidad del reacomodamiento de la correlación de fuerzas en la Argentina así nos lo exige.

Desde sus primeros meses en el gobierno, el macrismo no ha dejado lugar a dudas sobre el significado que el tan mentado «cambio» tiene para él: se trata del pasaje de una situación de relativo impasse de la relación de fuerzas entre las clases que caracterizó la última etapa kirchnerista a una de abierta ofensiva del capital contra el trabajo.

Todos los indicadores así lo reflejan. Si durante los últimos años del kirchnerismo la creación de empleo se estancó, desde diciembre de 2015 el desempleo ha ido en franco aumento. Si el salario real experimentó una caída en 2013 y 2014 moderada por la leve recuperación de 2015, los últimos dos años han sido testigo de una caída abrupta que ronda el 6% entre los trabajadores registrados (situación que se agrava teniendo en cuenta el crecimiento del empleo informal). Entre 2008 y 2015 aumentó el peso de los recursos tributarios procedentes del impuesto al salario respecto de las retenciones a las exportaciones y de los impuestos a las ganancias corporativas. Desde diciembre de 2015 se han eliminado o reducido derechos de exportación a la agricultura y a la minería mientras crece el número de trabajadores que pagan impuesto a las ganancias a medida que los salarios aumentan en cuotas y detrás de la inflación. A la precarización del trabajo estatal le siguieron los despidos, al estancamiento de los niveles de pobreza desde 2011, su incremento acelerado. La lista podría seguir.

Sin embargo, el cimbronazo vino después. Tal como señala Juan Manuel Villulla en el presente número, el gran golpe político sobrevino a partir del resultado de las elecciones de 2017, con el triunfo de Cambiemos luego de dos años de ajuste, represión y conflictividad social en aumento. De poco sirve auto-engañarse sobrevaluando en el análisis el porcentaje de votos no-macristas de la contienda electoral. Es un dato no sólo contingente, sino que, tomado avant la lettre, es completamente abstracto: tal lectura oscurece el propio contenido de los votos no-macristas, suponiendo una oposición orgánica allí donde quizás sólo hay oposición formal. Bastaría citar la permanencia de opciones que no representan ningún tipo de alternativa real al macrismo, por evitar detallar el modo en que la propia Alianza Cambiemos en el gobierno ha madurado en un eficaz aglutinante de cualquier fuerza y referencia política del orden.

Lo cierto es que las últimas elecciones de medio término en nuestro país arrojaron un dato insoslayable: por primera vez desde 1985, el frente oficialista logró imponerse en los cinco distritos con mayor peso electoral del país: Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires y Mendoza. Ese es el escenario electoral al que nos enfrentamos, y negarlo sólo lleva a errar en las perspectivas que nos tracemos. Ahora bien, es un hecho también que la consolidación de la hegemonía de Cambiemos a nivel nacional no constituye un dato de la realidad al día de hoy. Pero sería un error buscar los indicios de este proceso inacabado solamente en el resultado de tal o cual elección. Si el proyecto macrista no ha logrado aún consolidar plenamente su hegemonía no es porque haya fallado su ingeniería electoral –sumamente eficaz hasta el momento-, sino debido a las respuestas masivas con que se han topado sus medidas más regresivas. Y ahí el escenario, aunque con claroscuros, se vuelve más auspicioso.

La serie de movilizaciones masivas que tuvieron lugar entre 2016 y 2017 –algunas de ellas de las más importantes de los últimos 25 años– parece mostrar un movimiento obrero y popular fortalecido. Marchas de trabajadores estatales, como la del 24 de febrero de 2016, las conmemoraciones de los 40 años del golpe militar, la movilización de todas las centrales obreras el 29 de abril; la marcha universitaria del 12 de mayo, la movilización del “Ni Una Menos” el 3 de junio, las protestas contra el tarifazo; ya en 2017, la impresionante respuesta contra el 2×1 a los genocidas y la masiva reacción popular ante la desaparición de Santiago Maldonado constituyen verdaderos hitos que ningún análisis puede pasar por alto.

El masivo y combativo rechazo a la reforma previsional supuso sin lugar a dudas un salto cualitativo de la resistencia popular. En primer lugar, porque las relaciones de fuerzas no se constituyen exclusivamente en función del número, sino también de la disposición al combate de los contendientes. Las jornadas de diciembre mostraron igual masividad que convocatorias previas, al tiempo que mayor disposición a la acción directa y al enfrentamiento con las fuerzas represivas. En segundo lugar, los cacerolazos del lunes 18 y martes 19 de diciembre incorporaron un elemento novedoso. La acción espontánea, con fuerte protagonismo de sectores medios metropolitanos, rechazó el autoritarismo gubernamental y rodeo de apoyo y legitimidad las acciones callejeras que se dieron durante la tarde. Por otra parte, por las características de estos contingentes, es posible preguntarse sobre eventuales fisuras en un sector “blando” de la base electoral del macrismo en la ciudad. Algunos estudios de opinión aparecidos en las últimas semanas reflejan esta posibilidad. En tercer lugar, fue decisiva la sinergia lograda entre la movilización callejera y el recinto parlamentario. La calle impuso las condiciones y arrastró incluso a sectores dialoguistas de la oposición, temerosos de pagar un alto costo político. La existencia de diputadas y diputados que militaron en frontal oposición al proyecto favorecieron la eficacia de la movilización popular. Con ese cóctel y las propias tensiones internas de Cambiemos alcanzó para levantar la sesión del jueves 14, pero no para derrotar la reforma previsional.

Como sea, el gobierno avanzó en sus objetivos, pero a un costo político que todavía está por calcularse, la resistencia popular sufrió un traspié, pero también testeó colectivamente y en la calle su poder de fuego. El escenario quedó abierto y el 2018 mostrará qué tendencias se desarrollan y cuáles son sofocadas o quedarán latentes. Sin embargo, tanto los costos de la reforma previsional,- al igual que la postergación de la reforma laboral-, como algunos retrocesos parciales del gobierno en distintos terrenos, no parecen desmentir la hipótesis de que nos encontramos en una situación defensiva, de que la disputa parece limitarse a la magnitud que tendrá del ajuste. La resistencia enfrenta a un gobierno con escaso desarrollo del poder territorial y sin apoyos sindicales firmes –a pesar de la permanente tendencia a expandir el arco de dirigentes “dialoguistas” de la burocracia sindical–, pero que cuenta con un sólido respaldo del conjunto de la gran burguesía que no puede ser subestimado.

La expectativa que se construye alrededor del macrismo –muchas veces en gestos más impresionistas que, incluso, político-tácticos– tiene que ver con que no se trata de un poder «en las alturas», sino de un poder enraizado en la sociedad civil, articulado a nivel molecular. Expresa una ofensiva de clase integral, que busca desplazar la correlación de fuerzas en diversas dimensiones de la vida social que exceden el mero “ajuste económico”. Los sectores más concentrados del capital tienen, en este contexto, capacidad de disciplinamiento sobre el resto de los sectores de la burguesía, cuya acumulación depende de la suya. Los vínculos informales –pero permanentes y rutinarios– entre grandes empresas y sindicatos les brinda cierta capacidad de control del conflicto, aún más en un contexto recesivo que aumenta su poder de chantaje sobre los trabajadores en los lugares de trabajo: poder de chantaje extensivo al conjunto de la sociedad cuando la decisión de invertir de esos sectores resulta decisiva para el relanzamiento de la acumulación. Además –y sólo además- los grandes medios de comunicación se presentan como un canal orgánico de la construcción público-ideológica del proyecto de clase coyunturalmente encarnado en el macrismo, instalando los sentidos que funjan de cimiento al avance “gradual” del trastocamiento de la correlación de fuerzas entre las clases, incluso más allá del mero ajuste fiscal. La presente ofensiva del capital sobre el trabajo, entonces, no se circunscribe al terreno económico. Constituye también una avanzada política y cultural de largo aliento, y lo que está en juego es la subordinación duradera de la clase obrera y de los sectores populares a los intereses del capital en su versión más descarnada. De lograrla podrá haber relanzamiento de la acumulación y estabilización de la dominación política. De fracasar, se abre un escenario de crisis que puede ser el terreno para la disputa por una alternativa política y la oportunidad para una izquierda que sepa leer la coyuntura.

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Retomando el inicio del presente editorial, diremos que el retraso en la salida del #5 de Batalla de Ideas responde a los debates en que nos vimos sumidos como «izquierda popular» en el último tiempo. Sin ir más lejos, un primer indicio de los movimientos producidos hacia dentro del espacio político que reivindicamos aparece reflejado en la propia bajada de la revista: el clásico «revista de debate teórico político de la izquierda independiente» será renombrado «Batalla de Ideas: hacia la construcción de una izquierda popular». La experiencia de la izquierda independiente nos es propia y al mismo tiempo nos demanda ser superada, es decir preservada y trascendida. Un segundo indicio lo presenta el retraso en la publicación del presente número. Arriesgando una primera sistematización, podríamos pensar el derrotero del espacio que hoy llamamos «izquierda popular» a partir de tres momentos de tensión creativa, para tomar prestado el concepto de Álvaro García Linera: un primer momento signado por el ascenso del kirchnerismo y la crisis del autonomismo como proyecto político; un segundo momento post 2008 marcado por las reflexiones sobre el «salto a lo político» que la coyuntura posterior al conflicto del campo y la estructuración del par kirchnerismo-antikirchnerismo suscitó; y un tercer momento, aún en curso, abierto a partir del triunfo electoral de Cambiemos y la reubicación del kirchnerismo como oposición. Tal es el itinerario político que hemos transitado quienes participamos de Batalla de Ideas; tales realidades han abierto problemas y planteado preguntas. La ausencia de respuestas no es una deuda, sino una ilustración del modo en que procede el pensamiento de izquierda: buscando presentar respuestas creativas a coyunturas críticas.

Este itinerario, que cabalmente se refleja en los cuatro números pasados de nuestra revista, nos permite esbozar estas nuevas preguntas e hipótesis:

I. Si el autonomismo supo ser un proyecto atractivo en medio de una coyuntura de cuestionamiento al régimen político y de crisis de representación, se tornó rápidamente anacrónico en un contexto de relegitimación del mecanismo electoral. Pero, además, el creciente aislamiento experimentado por los movimientos sociales entre 2003 y 2005 tuvo una causa adicional en la consolidación de la estrategia nacional popular de reconstrucción del poder de estado llevada a cabo por el kirchnerismo. Y esto por varias razones. En primer lugar, porque puso de manifiesto la importancia de esas tradiciones en el movimiento de resistencia al neoliberalismo, una parte considerable del cual se orientaba a una reconstrucción –históricamente imposible, pero políticamente eficaz– del “Estado peronista”. En segundo lugar, porque en la medida que la estrategia pretendidamente nacional-popular se consolidó y polarizó el conflicto en torno al eje kirchnerismo-antikirchnerismo, profundizó el aislamiento de los movimientos no kirchneristas y tensionó sus diferencias internas, lo que afectó especialmente a la heterogénea «izquierda independiente». Y este aspecto de la tradición populista o nacional-popular no debe ser subestimado: si dichas tradiciones obreras y populares pueden constituir un potente factor de cohesión y movilización desde la confrontación con el Estado, representan también un factor de fragmentación e incorporación política heterónoma de grupos sociales desafiantes cuando devienen estrategias de reconstrucción del poder de estado.

Este primer momento explica la rápida transición desde el papel central que tuvo la izquierda independiente durante el año 2002, incluyendo el acortamiento del interregno duhaldista después del asesinato de Kosteki y Santillán, a la pérdida de centralidad en el período posterior a 2005. Y muestra también, con especial evidencia, las dificultades del «otro camino» para buscar un espacio de salida a la polarización kirchnerismo-antikirchnerismo en la crisis de 2008. Cualquier intento de escapar a la definición del campo de confrontación según ese eje parecía conducir a la marginalidad.

II. El segundo momento, abierto a partir del escenario post 2008 presenta, sin embargo, rasgos paradójicos. Es, por un lado, una nueva fase de crecimiento, especialmente de aquellas corrientes de la izquierda independiente más referenciadas con el proceso venezolano. Constituye, además, el período de abandono definitivo por parte de la mayoría de las organizaciones de la estrategia autonomista. Pero es, por esa misma razón, momento de una segunda tensión, que terminó erosionando los fundamentos mismos de la identidad del espacio. Y esta segunda tensión está vinculada al ocaso definitivo del autonomismo, que debía dar lugar al «salto a lo político». En ese proceso, las indefiniciones estratégicas y la diversidad de tradiciones –mantenidas en suspenso mientras la reclusión en lo social lo permitió– hicieron eclosión. No todo fue negativo, no obstante. Las experiencias electorales realizadas constituyen un paso indispensable en ese camino de desarrollo de una nueva estrategia para la izquierda y de recreación de la organización política después de la crisis del leninismo. «Izquierda independiente» es un nombre que ya no basta, también porque es tiempo de definiciones estratégicas.

En ese camino, el proyecto de construir una «izquierda popular» lanza una advertencia ineludible: que la transformación profunda, revolucionaria, de nuestro país no será posible sin interpelar, sin contactar, con la tradición popular del movimiento de masas. De lo que se trata, entonces, es de construir una izquierda que deje de deleitarse en sus múltiples delimitaciones y se proponga converger con, pero especialmente intervenir en la experiencia real de las clases populares, experiencia en la que la identidad peronista ocupa un lugar central.

III. Finalmente, una tercera tensión se hace presente en el momento actual. La victoria de Cambiemos en las elecciones 2015 y la reubicación del kirchnerismo como «oposición» ha dejado tambaleando no sólo a la izquierda popular, sino también a la militancia en general y a las propias fuerzas kirchneristas. El reflejo defensivo más inmediato de la izquierda popular a la hora del balotaje de 2015, la campaña «No da lo mismo» y el llamado a votar contra Macri fue acertada y contundente, e incluso llegó a significar para el espacio un nuevo salto cuantitativo, aun reconociendo en la candidatura de Scioli que la opción elegida por el kirchnerismo en crisis era la salida por derecha. Sin embargo, el devenir de los acontecimientos empantanó las discusiones.

IV. Será tiempo de hacer balances de tales reflejos defensivos y definir abiertamente nuestra propuesta estratégica, sobre la base de los elementos de juicio que decantan políticamente de la experiencia de la izquierda independiente, entendiendo que la crisis de tal espacio político e identidad estuvo condicionada porque, por renovar otra cita remanida, hacemos la historia, pero en condiciones que nos superan en causas y consecuencias, pero especialmente, en nuestra voluntad. Lejos de hacer de ello una exculpación, es la oportunidad para revisar críticamente el camino recorrido y hacer un inventario de nuestras fuerzas, pero también de nuestras perspectivas. Tras este impasse, abrimos nuevamente nuestras páginas para hacer de ellas un espacio de reflexión estratégica, sobre el cual refundar nuestras previsiones políticas. Porque como indicó algún celebre dirigente leninista, “prever significa solamente ver bien el presente y el pasado en cuanto movimiento; ver bien, es decir, identificar con exactitud los elementos fundamentales y permanentes del proceso. Pero es absurdo pensar en una previsión puramente «objetiva». Quienes prevén tienen en realidad un «programa» para hacer triunfar y la previsión es justamente un elemento de ese triunfo”.

Colectivo Editorial – Batalla de Ideas
Enero de 2018

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Es necesaria una aclaración complementaria sobre los artículos comprendidos en la revista: todos fueron escritos con anterioridad a las masivas movilizaciones que suscitó el tratamiento en el Congreso del proyecto de Reforma Previsional en las últimas semanas de 2017. Sin dudas la mayoría de los autores reunidos en la presente edición hubiesen incorporado en su análisis algún comentario sobre los eventos que desencadenó la medida, así como seguramente harían referencia también a la feroz respuesta represiva desatada desde el Estado. Sin embargo, los análisis del último bienio y las perspectivas que avizoran o proponen los distintos artículos de la presente edición de la revista continúan vigentes. Y es que la capacidad de resistencia del movimiento popular argentino ante las avanzadas más burdas sobre sus derechos conquistados, aunque era un punto a volver a someter a prueba en esta nueva coyuntura, constituye un dato de nuestra experiencia histórica nacional. Así lo insinúan, por ejemplo, las entrevistas realizadas a Adrián Piva, Luis Campos, Juan Grabois y Daniel Yoffra sobre el estado de las relaciones laborales a partir del triunfo del macrismo, cuando a propósito del interrogante sobre un eventual avance del gobierno en las reformas previsional, impositiva y laboral, todos coinciden en resaltar la capacidad de resistencia de la clase trabajadora argentina –a menudo incluso a contramano de sus dirigencias sindicales- como el principal obstáculo que pueden encontrar tales iniciativas.

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