Crisis y mamuts

Por Diego Motto

Los datos geopolíticos dan fuerza al planteo de Linera[1] sobre la crisis de la globalización como fase última y definitiva del capitalismo occidental. En la actualidad ese proyecto no cuenta siquiera con un buen ejemplo para mostrar: ni EEUU, ni el estancadísimo bloque de la Unión Europea, ni algún país de relevancia de América Latina o Asia pueden exhibir indicadores exitosos logrados a partir de una política de achicamiento del Estado de bienestar, cosmovisión liberal y diversidad Benetton friendly que llenó foros internacionales y tapas de revistas a modo de receta indiscutible desde los ´90 hasta los albores previos y la etapa posterior a la crisis del 2008.

En ese mismo trabajo, Linera plantea que no es posible erigir como alternativa a la crisis de la globalización el proyecto del socialismo del S.XX, habida cuenta de su derrota histórica, y también de que ese socialismo constituía la alternativa a un tipo de sociedad cuyo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones sociales de producción ya no existe más.

No hay nada más condenado a la derrota que mantener la misma estrategia de disputa cuando el contrincante cambió de naturaleza. La izquierda que aún se mantiene con vida sin asumir que cambió el tablero, es una izquierda mamut. Esas organizaciones bien pueden desarrollarse territorialmente, capitalizar conflictos, construir buenas cuadros y referencias públicas, pero resulta extremadamente difícil que puedan aportar positivamente en la construcción de respuestas útiles para las mayorías sociales a la crisis de la globalización, sencillamente porque ni siquiera han asumido la globalización neoliberal como momento específico de productividad del capitalismo en el S.XXI.

Los últimos resultados electorales de Brasil, junto a otros datos del continente, ponen a prueba de quedar en una situación similar al ciclo de gobiernos y proyectos progresistas y de izquierda que se dieron en América Latina durante los primeros años del S.XXI. Para no convertirse en un “segundo mamut”, esos procesos deben asumir que no es lo mismo antagonizar con el neoliberalismo de la globalización a la alza y en estabilidad hegemónica, que disputar con un capitalismo que va construyendo respuestas a su crisis de acuerdo al final de la remanida frase de Gramsci según la cual «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».

 

¿Qué es lo que está cambiando?

Partimos de la siguiente tesis: la multipolaridad puso en crisis a la globalización como proyecto civilizatorio de hegemonía yanqui. Si se le mete zoom analítico al sintagma, aparece en el radar que la multipolaridad equivale a que la mundialización del capitalismo ya no necesita los estándares de la modernidad occidental como ecosistema obligatorio para reproducirse, porque se ha articulado de formas más productivas en términos de rentabilidad del capital asociándose con otros mecanismos de cohesión y organización social. Los “milagros asiáticos”, las “potencias emergentes” asimilaron las relaciones sociales de producción del capitalismo S.XXI con costos de producción muy bajos, porque en ese mismo movimiento de asimilación no compraron el andamiaje civilizatorio o de organización estatal originado en occidente a partir de las revoluciones burguesas. Y su umbral de productividad resultó ser más potente en términos del capital.

La mundialización del capitalismo, a 30 años de haberse iniciado por les vencedores de la caída del muro, hoy coloca en situación defensiva a quienes fueron sus impulsores, arrinconando a las principales potencias del S.XX a dar respuestas para mantener al menos algunos de los privilegios a los que están acostumbrados.  No está en el horizonte de lo posible (cuánto de imaginación emancipatoria hemos perdido) la alternancia capitalismo –pos-capitalismo/socialismo/etc, si no capitalismo imbricado con Estado occidental vs. capitalismo asociado a otras formas de sociabilidad y organización social que durante siglos estuvieron subordinadas o fueron absorbidas como “excepción” por la historia moderna.

Quienes aparecían en las fotos de Benetton como subordinades que agregaban diversidad al único patrón posible se independizaron, y proponen al mundo horizontes que cuestionan la hegemonía en particular de EEUU, y en general del primer mundo occidental, a partir de combinaciones civilizatorias cuyas raíces y desarrollos no comparten historia con la que hemos aprendido como dominantes durante la modernidad capitalista. No son hijas de la revolución francesa. Lamentablemente, estas combinaciones tampoco garantizan posibilidades de buen vivir para las mayorías sociales que las habitan. El capitalismo tiene un umbral de metabolismo mucho más alto y potente que las formas occidentales en que entendemos la democracia, y su potencia de absorción de las diversidades como ventajas comparativas es envidiable. Quienes dedicamos la vida a tratar de dejar un mundo un poco mejor del que recibimos, estamos con pocas cartas para colar en el marco de esta disputa otra opción con potencia emancipatoria. Chavez jugaba un rol fundamental en ese debate de perspectivas; a más rueda el ovillo de la historia, más grande es la huella de su ausencia.

La política odia el vacío, y los sectores dominantes ensayan o dejan correr chicles que se estiran para dar sentido al momento de crisis. El ser humano es un bicho simbólico que necesita respuestas digeribles a la hora cansada de la cena en la que se come el miedo que se siente cuando se deteriora a nuestro alrededor el estándar de vida. Ese es el fango con el que se conforman los monstruos que han ido tomando forma voluminosa en los últimos años.

Las respuestas por derecha a la crisis de la globalización neoliberal están haciendo saltar los andamios de la modernidad occidental; porque son esos núcleos los que están en la variable de costos de producción no asumidos como parte del juego. Las respuestas que están ensayando e impulsando las clases dominantes de lo que fue el primer mundo prefieren sacrificar el costado de derechos sociales y libertades democráticas que la modernidad occidental implica, antes que disminuir las tasas de ganancia o los lugares de privilegio militar en el tablero mundial que todavía ostentan.

El miedo a caer en el abismo de un futuro peligroso da fuerza a figuras y proyectos que proponen armarse, despojarse de derechos para fortalecer a quien te cuida, enfrentar a un prójimo conceptualizado como enemigo y amenaza, pisar la cabeza de quien vive al lado y a la vuelta porque a toda costa hay que salvar el bote propio.

 

Utopía o distopía; calle sin retorno

Para bien y para mal, la época de los Estados de Bienestar occidentales constituye la época dorada de la modernidad, a la luz del presente y de las encrucijadas que se vislumbran para adelante. Hay un rasgo occidental en esta valoración, pero no por ello menos global, ya que como imaginario tuvo décadas de expansión hegemónica.

La fuerza de ese pasado sigue viva en la memoria de millones; y es en gran medida debido al agua de esa fuente que amplias franjas de la población mundial no terminan de naturalizar un estado de cosas gravemente peor, al que nos quieren llevar los poderes actuales con más o menos éxito según el caso.

Ahora bien, ningún proyecto político con vocación hegemónica puede establecer como espacio de llegada la reconstrucción de esa dorada zona de la memoria colectiva. Ni en términos de modelo de gobernabilidad, ni de relación capital trabajo, ni de vínculo política, Estado, partidos y clases populares.

Si hay que considerar irreversible algo en el mundo, es justamente la crisis de esa época de la modernidad occidental. El capitalismo que hay que tomar en serio es el made in China, no el made in Suecia.

Lo que está en debate es si compramos que lo positivo de esa época se reconstruye hacia el futuro con la teoría del hacha y el arca de Trump o de Bolsonaro, o intentamos alguna alternativa que sea capaz de imaginar un futuro más justo que empalme y se articule con la agenda impuesta de este S.XXI en clave popular; asumiendo que hay que utilizar todos los mecanismos del Estado moderno que estén al alcance, a sabiendas de que no sólo son herramientas construidas para fines de dominación y no de emancipación, sino que además en este contexto no constituyen piedra firme a salvo de la embestida del vendaval.

Para no ser mamut hay que ser capaces de construir política transformadora en tiempos de inestabilidad fulera; y conformar  un programa y una agenda a partir de lo que constituye la contradicción principal de este siglo que nos alberga: nunca como en la actualidad hubo tanta distancia entre lo que la humanidad puede llegar a lograr como forma de vida social, habida cuenta del desarrollo de las fuerzas productivas, y lo que nos muestran como horizonte posible las potencias globales. En ese espacio está el cantero para, como decía Chavez, sembrar el futuro, traerlo al presente, y ayudarlo a crecer para felicidad y dignidad de los pueblos.

[1] https://www.pagina12.com.ar/11761-la-globalizacion-ha-muerto. 31-12-2016.

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