24 de marzo: un instante de peligro

Fotografía de Adrián Escandar (24 de marzo de 2018)

Por Kike Ferrari y Juan Mattio

Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como ha sido en verdad. Consiste, más bien, en apropiarse de un recuerdo tal y como brilla en un instante de peligro (…) En cada época hay que esforzarse por arrancar de nuevo la tradición del conformismo que pretende avasallarla (…) El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer.
Walter Benjamin

 

Los primeros mensajes del día lo daban por sentado. Las dudas eran de orden práctico: con o sin los pibes, a qué hora, en qué esquina. Nos permitimos incluso una humorada sobre una naciente unión de escritores que nos invitaba a marchar después de un año de ignorar nuestro pedido de un espacio en el que debatir.

Y entonces surgió la duda. ¿Y si hoy no vamos? ¿Qué pasa? ¿Y si dedicamos esta plomiza tarde de 24 de marzo a pensar, hacernos preguntas y escribir?

¿Qué pasa si nos quedamos acá, intercambiando apuntes, cruzando ideas, intentando construir una reflexión lateral sobre el 24 de marzo y sus consecuencias? ¿Qué si probamos una intervención distinta, si recordamos que la resistencia y la acción no están sólo en las calles?

¿Que saldría si copiamos la sentencia latina de Conti y no nos movemos de éste, nuestro lugar de combate? ¿Si recordamos los últimos meses de Walsh, buscando las palabras, el tono, el registro justo? Piglia pasó el 24 de marzo del 76 leyendo hasta la madrugada, espiando por la ventana de su departamento como los colectivos eran iluminados por las luces de focos antiaéreos, leímos hace poco en su diario.

Pensamos, entonces, que si en aquellas urgencias fue posible escribir un cuento, decidir que la máquina de escribir sería la trinchera, mirar por la ventana entre lecturas, hoy bien podemos parar la pelota y ordenar algunas preguntas que nos venimos haciendo.

30 mil compañeros detenidos desaparecidos ¡Presentes!
30 mil compañeros detenidos desaparecidos ¡Presentes!
30 mil compañeros detenidos desaparecidos ¡Presentes!
Ahora ¡Y siempre!
Ahora ¡Y siempre!
Ahora ¡Y siempre!

Abrimos la ventana y escuchamos. Es la letanía con la que cada 24 de marzo, hace 42 años, invocamos a los muertos. A nuestros muertos. Una condición fantasmal. Presencia en ausencia. Un rito. Una invocación.

Y en esta tarde plomiza de otoño, en dos departamentos del barrio de Once separados por apenas una decena de cuadras, es sobre esa presencia anacrónica de lo que no está donde nos gustaría desplegar una serie de intuiciones.

De las nueve palabras que usamos para llamarlos, hay tres que refieren al tiempo: Presente, Ahora, Siempre. Un instante de peligro.

¿Cómo está lo que no está? Esa es nuestra pregunta.

 

 

Hay respuestas de sentido común. Veamos: están en su ejemplo de lucha, están en su herencia política, están en la memoria. Y es cierto. Pero –creemos hoy y por eso decidimos quedarnos tras las máquinas, con las ventanas abiertas y buscando las palabras justas, en esta tarde que promete una lluvia que no llega– es cierto e insuficiente.

Porque si el pasado ocupa un lugar en el presente algo más deberíamos poder decir sobre ese desplazamiento, sobre ese anacronismo. No se trata sólo de una continuum histórico donde el presente es la suma de los pasados de una comunidad. Se trata de la aparición espectral de nuestros muertos en este y cada día desde hace 42 años.

Nos concierne, entonces, pensar la derrota. Según Freud, tanto el duelo como la melancolía tienen relación con la pérdida. Pero mientras que el duelo es una lenta retirada, la melancolía no se despega. En esa belleza política y literaria que es El XVIII Brumario de Luis Bonaparte, Marx nos advierte: “la herencia de todas las generaciones muertas acosa la mente de los vivos como una pesadilla. Y cuando se disponen a sublevarse y sublevar el estado de las cosas es precisamente cuando , con miedo, conjuran en su auxilio los espíritus de antaño, se disfrazan con sus nombres, sus consignas de guerra, sus vestimentas, para interpretar una nueva escena de la historia universal con ese traje de vejez respetable y esas palabras prestadas”.

Una de las preguntas que atormentó a Mark Fisher fue sobre la elaboración de los duelos fallidos. ¿Hay que negarse a dejar ir el fantasma? ¿Es el fantasma el que se niega a irse? ¿Qué hacer con el fantasma que recorre nuestra pieza?

Hay una melancolía roja que dice: los socialismos reales no eran perfectos y los marxismos de oposición fueron sectarios y marginales; o sea, aunque los proyectos de las generaciones pasadas contuvieran errores y la izquierda revolucionaria haya sido autoritaria, patriarcal, homofóbica y positivista, no hay nada en el presente que sea mejor a aquello. Tal vez, incluso, sea lo mejor que podamos esperar. Es terrible, pero nosotros también cantamos oh, vamos a volver.

 

 

Pero hay otra melancolía. Más interesante, más radical. Se trata de una melancolía formal. Añorar la inventiva que en los años 60 y 70 la clase obrera –y no solo de nuestro país– desplegó en sus luchas. Esos son los espectros de los futuros perdidos que –dice Fisher– cuestionan el mundo del realismo capitalista y de la hegemonía neoliberal.

Porque en esas formas de lucha perdidas había un proyecto futurista.

Y eso también nos importa.

Las herramientas de intervención política indican un sentido, un camino a recorrer. A la radicalidad del futuro imaginado corresponde la radicalidad de la herramienta. Y recuperar ese futuro potencial es lo que, en definitiva, nos impulsa a rechazar las condiciones actuales que algunos llaman pragmatismo y nosotros preferimos llamar posibilismo. Porque desde aquella perspectiva, la realidad no ordenaba el presente, sino que el futuro ordenaba la realidad.

Se trata, acá, ahora, del fantasma que recorrió Europa y anunció Marx. Ese futuro que es virtual y, sin embargo, en su inminencia, se vuelve amenaza y actúa sobre lo real.

Mientras la derecha intenta conjurar nuestros muertos, asegurarse de que no vuelvan, que no reaparezcan; nos toca a nosotros pensar qué tipo de relación nos planteamos con ellos. En una cultura de la retromanía –como la llamó Simon Reynolds– podríamos aceptar la presencia del pasado en el presente como forma de quietud y contemplación, hacer que nuestros deseos miren hacia atrás y empecinarnos en el retorno. Copiar, con paciencia de falsificadores, tramo a tramo las formas políticas del pasado. Incluso los futuros que ellos, nuestros muertos, proyectaron. Pero esa mecanización ya es una de las formas que adquiere para nosotros la derrota.

Y hay más, pensamos, hoy, en esta ya tarde anochecida de otoño separados por diez cuadras, cada uno en su trinchera que a esta hora ya es nuestra.

Pensamos que es propio de los miembros mayores de una comunidad decir que todo pasado fue mejor y rechazar lo nuevo. Sin embargo nuestro momento histórico está invertido. Son los jóvenes los que miran el pasado con nostalgia y encuentran la vanguardia en sus mayores. Pasamos de la mirada futura de Guevara y Tosco a las espaldas encorvadas de Norita y Bayer. Ese conservadurismo es, también, otra forma de la derrota. Marx decía que la revolución social del siglo XIX no podía sacar su lírica del pasado sino unicamente del futuro. Más acá, Fisher nos dice: estamos atrapados en el siglo XX.

De modo que la presencia fantasmal de los treinta mil no es tan simple. Su radicalidad formal parece olvidada. Su capacidad para romper con la tradición heredada de sus propios padres políticos, también. Por supuesto, no se nos escapa que esa elaboración sería más sencilla si pudiéramos enfrentarlos cara a cara. Pero no. Toca así, este dialogo opaco, empañado, de una sola vía. Nos toca recordar a los compañeros y compañeras pero también olvidarlos. Porque sin olvido no hay experiencia y sin experiencia no hay creatividad. Es necesario revertir el proceso que Franco Bifo Berardi llamó la lenta cancelación del futuro, porque los futuros cancelados no son una dirección del tiempo, sino una serie de proyectos alternativos al capitalismo.

El escritor catalán Manuel Vázquez Motalbán le hacía decir a su personaje Pepe Carvalho que en un punto del recorrido vital de una persona sólo le quedan dos tareas que no son sino una sola: pagar sus deudas y enterrar a sus muertos.

Y esa tarea –pagar nuestras deudas, enterrar a nuestros muertos– es la de construir un proyecto postcapitalista. Y, estamos convencidos, no puede demorarse más por la melancolía de haber sido derrotados.

Buenos Aires, 24 de marzo de 2018

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