Volver al futuro (I) *

Por Juan Manuel Villulla

Agradezco al CECS por la organización de una iniciativa de debate real, desacartonado y abierto como el que se dio en La Plata a principios de octubre, y por invitarme a plasmar en este espacio algunas de las ideas que puse sobre la mesa en ese momento así como otras que me surgieron a partir del intercambio de entonces y de los resultados electorales posteriores. Se trata de reflexiones poco sistemáticas, a modo de notas aún en movimiento, que simplemente tratan de invitar a seguir el debate a partir de algunos ejes.

Lo primero que propongo es asumir que hemos sido derrotados. Eso nos obliga a cambiar. Acá se cerró un período histórico y se abrió otro. Y en ese pasaje, mucho de lo que percibíamos como realidad no lo era. Es más, mucho de lo que era real y estaba bien registrado, ya no lo es. Ante esto, es normal y saludable que entremos en crisis, es decir, en un período tanto de cuestionamiento como de autocuestionamiento. Lo importante no es negar eso sino intentar sacar de allí algo útil para lo que viene.

Sabíamos que el macrismo se había impuesto en 2015 en base a las insuficiencias del proceso kirchnerista y sus errores políticos de última hora, sumado a las mentiras y a un marketing escandalosamente mentiroso, que básicamente propuso “mantener lo que estaba bien y cambiar lo que estaba mal”. Es decir, promesas sensatas de superación. El gran golpe político que sufrimos este año radica en que su victoria significó su legitimación después de no cumplirlas, luego de dos años de ajustes, pérdida de conquistas, represión y, a la vez, fuerte movilización social. Crecieron luego de dar elementos para la comprobación práctica del cinismo y la mentira descarada con la que llegaron al gobierno en 2015. Además, el proceso argentino es el único en la región en el que una variante liberal como la de Cambiemos se ha impuesto de manera impecable por la vía electoral. Por eso es la “esperanza blanca” de la región. Esto nos está pasando. Y no lo podemos creer.

Con un panorama tan interesante de resistencia popular, y con indicadores socio-económicos desastrosos, parecía que era suficiente con encontrar un catalizador de ese descontento. Y que Cristina podía cumplir esa función en la medida que representara un estado previo de las cosas mejor al que ofrecía ese presente. Aun muchos de quienes no comulgamos con su experiencia política en términos generales creímos que su eventual triunfo en la provincia de Buenos Aires era, además de un hecho lógico, la manera más eficaz de dar un mensaje político contundente al gobierno y a los “inversores” que condicionaban un poco su confianza en el proyecto Cambiemos a su revalidación en la urnas. Pero no. Nuestros papeles se quemaron y ahora no sabemos exactamente dónde estamos parados, qué va a pasar, ni qué hacer. Cuando los indicadores de realidad fallan, cuando resulta que los mapas estaban mal, es difícil asumirlo y arduo transitarlo. Pero a la larga es más fructífero que apoyarse en verdades vacías e inútiles que traerán nuevas frustraciones. El trabajo ahora consiste en ver qué es lo que percibimos mal, y qué correcto, de modo de readecuar los planes a un diagnóstico más ajustado a la realidad.

Este es el momento de afirmar que seguiremos luchando. No porque nunca antes hayamos sido derrotados. Más bien al contrario. Lo que nos mantiene en pie no es la invencibilidad. Tampoco un futuro que, admitámoslo, no sabemos si será nuestro o qué. Aunque hayamos sido derrotados –y porque fuimos derrotados- seguiremos buscándole la vuelta. Y esto básicamente porque siguen ahí los motivos que nos sensibilizan, que nos duelen, que nos mueven. Eso que nos negamos a aceptar como natural. Eso que sabemos –eso sí lo sabemos- que es puro dolor innecesario. A lo que voy es a que nuestro fundamento no es “una idea” que toma posesión de nosotros para llevarnos al futuro que la reconcilia consigo misma. Nuestro fundamento es una respuesta de amor sensible a este dolor innecesario. Y además del corazón, nos tenemos que romper la cabeza. Identificar por dónde pasa la batalla a cada momento. Sin acostumbrarnos a perder. Y mucho menos construyendo una cultura de la derrota y la nostalgia. Buscamos ganarle de una vez y en todos los planos a los intereses y a la lógica alienante de la despersonalización y la acumulación al infinito. Terminar con el imperialismo como lógica total de vida es una necesidad no reconocida, que aún no se corporiza en deseo ni en voluntad colectiva. Tenemos mucho por hacer.

El macrismo nos presenta en este sentido un doble desafío refundacional. Por un lado, en su propio campo, respecto al modo de construir hegemonía en función de unos intereses y una corriente político-ideológica en las clases dominantes mucho más vieja que Cambiemos. Por otro lado, porque precipita nuestro propio reto refundacional como izquierda popular y revolucionaria. Y allí creo que, entre otras cosas, eso consiste en recuperar el futuro como terreno de disputa. No como algo dado, fijo, que está allí esperando que lleguemos a la cita de la historia. Sino como una necesidad y un deseo de construir otra cosa, que devuelve a los hombres y mujeres al centro de la historia. Otra cosa cuya forma vaya cambiando conforme cambian las necesidades, los deseos y las voluntades del presente, y que no se nos imponga como un nuevo mandato alienado. Si bien ahora esos relámpagos de futuro son para algunos de nosotros y nosotras las revoluciones del siglo XX que nos quedaron atrás y para otros ese horizonte retrovisor son los gobiernos nacional-populares latinoamericanos (como el peronismo), lo cierto es que esas mismas revoluciones o procesos de cambio que admiramos no se hicieron con la nostalgia del siglo XIX ni en nombre de restaurar ningún pasado “mejor”, sino con un fuerte anclaje en su presente y ofreciendo otro futuro a las crisis que sufrían las mayorías sociales de sus tiempos y sus lugares. En todo caso, se propusieron completar el futuro castrado que no habían podido concretar sus “antepasados”. Pero el eje está en su momento histórico. Hoy siento que estamos demasiado cargados de pasado en el mal sentido de la palabra. Aunque, irónicamente, nos falte un conocimiento más profundo de la historia y de su dinámica real. Sobreabundancia de íconos en blanco y negro; de símbolos que significan poco y nada más allá de los convencidos de la secta; de nombres y polémicas ajenas a nuestro tiempo, lugar y necesidades prácticas; de culpa, mártires y muertos que publicitan un destino fatal a quien se atreva; de una idea de pueblo demasiado romántica; de rituales alienantes y autocomplacientes; de una pesada mochila que no nos deja mover, llena de monumentos sobre cuyas paredes los millenials hacen grafitis. En una palabra: todo menos eficacia histórica.

Lo que digo es que encontremos en nuestros Santos Paganos –revolucionarios o populistas- la inspiración, el apoyo moral y las enseñanzas que necesitamos. Que tengamos sus estampitas en un bolsillo cerca del corazón para despertar nuestras propias fuerzas. Es necesario e inevitable. Pero que no les pidamos que piensen por nosotros cómo resolver situaciones que no vivieron, ni mucho menos que con su pasado sean nuestro proyecto de futuro. Eso no nos deja percibir nuestro tiempo ni imaginar uno posterior. No es verdad que la historia se repita en sentido estricto ni mucho menos que ya hayamos visto todo. Tratemos de ser y de contagiar el mejor futuro posible. Representemos para las mayorías la esperanza que somos y queremos ser. Y seamos capaces de imaginar y construir otra cosa además de decir “basta”, “no a”, “defendamos …”.

Este desafío es un problema inmediato ante una revolución conservadora como la que estamos atravesando. Las revoluciones conservadoras deberían llamarse de otra manera. Porque son de signo antipopular. Pero justamente se caracterizan por cambiar las cosas, no por conservarlas. Y nos ponen en el brete de tener que “defender” un pasado o un presente de insatisfacción en nombre de intereses populares que efectivamente se verán perjudicados por el tipo de cambio que se impulsa. De nuevo: no porque “retrocedan” en términos históricos. La rueda de la historia la mueven hacia adelante. El tema es en qué dirección. Un caso testigo es el de la reforma en la escuela secundaria: ¿la defendemos tal y como es? ¿Estamos contentos con esta escuela secundaria? Otro caso elocuente es el del “Pata” Medina: ¿queremos que esté libre o deberíamos juzgarlo los clasistas? La lista sigue. Cambio reaccionario o conservadurismo popular: ese es uno de los bretes históricos en los que estamos metidos, y el problema es que lo que está en crisis, para millones, es eso que por momentos intentamos defender. Creo que no es posible salir de ahí sin proponer otro tipo de cambio, de carácter popular, en vez de asociar permanentemente lo popular con lo perimido o con un tipo de pueblo que ya fue.

Me voy a explayar un poco más sobre este punto. Creo que este fondo de frustración a escala mundial –u occidental- es lo que subyace a la “crisis de la globalización”. Por eso lo que está en el centro político, “lo establecido”, lo que hasta ahora era “políticamente correcto” tiende a dejar de contener necesidades y expectativas. Con la ventaja de expresar sectores del poder económico y político concentrado –esto es parte del juego-, las respuestas por derecha, hasta ahora, han sido más potentes o eficaces que las respuestas por izquierda. Y este tironeo por izquierda y por derecha se integra a su vez con novedades generacionales. La insatisfacción reside particularmente en los más jóvenes, y tiene que ver no sólo con el presente sino con las perspectivas que les ofrece este momento. Es decir, con la crisis del futuro como idea motivacional. Este “trasvasamiento generacional” tensiona los mapas políticos junto con las tendencias aún en curso a la polarización social y política. El caso más claro es el español: con su nueva izquierda y su vieja centro-izquierda, y con su nueva derecha y su vieja centro-derecha, dividiéndose en cuatro cuartos el electorado y sin poder desempatar. En Estados Unidos se expresó en la base juvenil del fenómeno Bernie Sanders. Y es sabido que en las últimas elecciones locales hubo cierta correlación entre el voto juvenil al kirchnerismo y al FIT, y el voto de los “viejos” a Cambiemos. Como parte de este desmembramiento del centro, el auge feminista es el eje de cuestionamiento más potente, con variantes más liberales o plebeyas, pero constituyéndose en la ventana por la que entra con más filo un cuestionamiento auténticamente ideológico al tipo de sociedad en la que vivimos.

Creo que en este contexto de transiciones inquietantes uno de los problemas políticos fundamentales de la coyuntura es el divorcio entre las tendencias revolucionarias, cuestionadoras y/o progresistas respecto a la clase obrera y sus organizaciones. Es más, los trabajadores industriales formales están siendo más de una vez el punto de apoyo popular de las reacciones por derecha a la descomposición del centro (pienso en Estados Unidos o Alemania pero también, en parte, en Argentina). Esta crisis ideológica del sujeto que por excelencia está en el corazón más irreductible del capitalismo –la enajenación material y espiritual del trabajo- no sólo resta potencia política práctica y organizativa a las respuestas por izquierda, sino que se la otorga en muchos casos a variantes de las clases dominantes, mientras las expresiones de descontento más progresivas se mantienen en la dispersión y la baja densidad, en estado gaseoso, con ejes problemáticos de distintas minorías a las que les cuesta suscitar el tipo de solidaridades que logra con más facilidad la clase obrera en movimiento.

Esta idea de frustración social y descomposición del centro puede parecer contradictoria al auge derechista que aparenta extenderse por todo el globo. Pero no lo es. De hecho, ayuda a explicarlo. Se trata, de nuevo, de un horizonte de futuro ante las expectativas que frustró el capitalismo “realmente existente”. A diferencia de Cambiemos en Argentina, los giros de derecha en el norte tienen que ver con pegar la vuelta, con volver atrás, con make America great again (“hagamos genial a Estados Unidos de nuevo”). Esto tiene que ver tanto con las limitaciones de las experiencias más o menos “reformistas” de centro o progresistas de América Latina u Occidente en general, como con el relativo abandono –cuando no agresión manifiesta- de estas experiencias o fuerzas políticas respecto a la clase trabajadora, desde los demócratas norteamericanos hasta el kirchnerismo argentino1. Esta vacancia ha sido ocupada en gran medida por ideas-fuerza de signo a la vez individualista y nacionalista, salvo allí donde las honrosas excepciones de la izquierda –en general en su variante trotskista- mantienen la vela del clasismo a resguardo del viento en contra, a fuerza de experiencias de lucha y organización en las fábricas. Alguien dirá que lo hacen desde y para el dogmatismo, y que se trata de un camino de derrotas suicidas en términos gremiales y políticos. Puede ser. Pero lo hacen. Y si alguien puede hacerlo mejor, será un gran aporte. En el medio hay poco, pero justamente por eso resulta tan valioso, como en el caso de los aceiteros. Y ya del otro lado tenemos lo dominante, entre el sindicalismo clásico argentino (otro mamut pudriéndose, a la sombra del cual parece que tampoco podemos defendernos de Cambiemos) y la crisis de identidad clasista más pasmosa del conjunto de los laburantes, una clase segmentada vertical y horizontalmente, y sectores enteros precarizados que no han atravesado aún ningún tipo de experiencia colectiva anclada en esa condición social.

Por todo esto creo que lo que está pasando acá es profundo. Cuando digo que hemos sido derrotados no me refiero sólo a este año ni a estas elecciones. Aunque este año y estas elecciones, a mi entender, son los que precisamente le dan un cierre a un ciclo histórico (las de 2015 sólo parecían haber cerrado un ciclo político, pero no necesariamente uno histórico). Creo que el ciclo específico que se está cerrando hoy es el de ascenso, absorción sistémica y desintegración de una respuesta al neoliberalismo que se cocinó en lo peor de los ’90, con la contraofensiva popular de las puebladas y otras luchas, que tuvo su pico de disrupción y creatividad en 2001 y que ganó una salida negociada con las clases dominantes –material y simbólicamente- a través del fenómeno social del kirchnerismo. En un doble juego en el que el gobierno se ponía el traje del gobierno popular que no supimos conseguir –no podía hacerlo si no absorbía elementos que habían planteado las dos “generaciones problemáticas” para el orden, la de los ’70 y la de los ‘90-, y en el que el pueblo iba dejando las rutas y las asambleas populares para acomodarse en las butacas de nuevos actos partidarios y elecciones. Todavía movilizados, pero con menos autonomía, y hasta militando el orden (“con la democracia no se jode”, “todos adentro de la ley”, “liberen las rutas”, “a ver el del bombo”). En este sentido, no es un detalle menor que ni Néstor ni Cristina sean emergentes directos de las luchas populares que abren ese nuevo período histórico –como Chávez en relación al “Caracazo” o Evo a las rebeliones de 2000 y 2003-, ni producto de largos caminos electorales desde abajo como los del PT o el Frente Amplio en Brasil y Uruguay respectivamente. Se trata de emergentes indirectos. El maridaje con esos liderazgos es al principio por conveniencia para transformarse luego en un romance real de amplios sectores populares con Néstor y Cristina. Pero una vez que la energía para destronar al neoliberalismo vino desde abajo, y no al revés. Es en la inversión alienada de la relación pueblo-líder, que el propio kirchnerismo se encargó de trabajar, que esto se muestra unilateralmente “de arriba hacia abajo”.

Lo cierto es que la recomposición de lo fundamental del orden (político y económico) que vehiculizó el kirchnerismo se operó a través de avances populares concretos en términos de derechos, condiciones de vida y reconocimientos simbólicos. Pero es debido a esa misma operación de reabsorción de buena parte de las energías populares en su interior que la derrota del kirchnerismo se llevó consigo también el cierre de un período más prolongado, que se remonta a las respuestas más disruptivas de los ’90. Si el kirchnerismo se proponía como el vehículo para llegar hacia donde mandataba todo ese movimiento antineoliberal –y discutíamos si era así o no-, ahora lo que distingue el período es que está en discusión el rumbo mismo. O más bien, con las elecciones de octubre de este año, el macrismo ha ganado a una gran parte del pueblo –al menos por ahora- para cambiar hacia un nuevo rumbo neoliberal, ya sea como un mal necesario fruto de la “pesada herencia” o como un horizonte deseable. Allí reside el cambio del ciclo histórico y el retroceso que nos angustia.

Atendiendo a esta lógica histórica es que creo que el neoliberalismo representado por Cambiemos será derrotado ante todo por un nuevo ciclo de movilización social como condición para una eventual derrota político-electoral. Es decir, no será derrotado electoralmente y en la “superestructura” política si no es luego y por medio de un cambio en la correlación de fuerzas subjetivas que se tejerá desde abajo y a través de experiencias y situaciones de conflicto colectivo. Es más, tal vez ni hagan falta elecciones. No lo sabemos. En cualquier caso, el cronograma de la derrota del macrismo, si lo hay, no va a coincidir con los tiempos electorales y mucho menos con las próximas elecciones de 2019. Manejarnos con el cronograma electoral como brújula política es parte de la conquista del sentido común militante por parte de la institucionalización de la política del período previo. No dejan de ser mojones y capítulos de una batalla integral. Pero no pueden ser el único eje orientador ni el único plano en el que se procese la política. Antes de Yrigoyen hubo unas cuantas insurrecciones y sólo ganó combinando su construcción con la fragmentación de las clases dominantes locales en el marco de la Primera Guerra Mundial. Parecido a Perón, que fue precedido por una década del ‘30 de resistencia obrera y popular y un ‘45 de plena ebullición en la calle de los dos lados de la “grieta”. Y antes de su regreso existió también un ciclo de fuego reabierto en el ‘69 que incluso lo desbordó una vez pisó suelo argentino. Ni hablar de Alfonsín, que fue más hijo que “padre” de la apertura democrática conquistada con la resistencia de las Madres y el movimiento obrero. Y lo mismo cabe en relación al propio kirchnerismo y la experiencia de 2001. Más acá en el tiempo pero más lejos en el espacio, no hay “Podemos” en España sin “indignados”, ni Obamas o Bernies Sanders sin “Occupy Wall Street”. Ya hemos dicho lo mismo respecto a Evo y a Chavez. Es más, se ha prestado poca atención al hecho de que el ascenso del macrismo también tuvo sus capítulos callejeros: desde las movilizaciones del “ingeniero” Blumberg en 2004, hasta los cacerolazos de 2012 y 2013, y las marchas por Nisman en 2015, pasando nada menos que por el gran momento reestructurador-polarizador de la política hasta ese momento: el conflicto agrario de 2008. Así, el macrismo expresa una corriente real de la sociedad argentina, rastreable en nuestra historia con anterioridad a Cambiemos, que además de disputar al conjunto social con las corrientes de poder mediático y de sentido común a su favor, también se da formas propias de movilización.

Poner en este contexto el centro en la calle no quiere decir que la situación se resolverá sin disputa política e ideológica. Al contrario. Estas elecciones han puesto de manifiesto precisamente que no alcanza sólo con “movilizar”. Lo que significa es que debemos hacernos fuertes en la calle como terreno más conveniente para dar esa lucha política e ideológica, y no solamente como arena de “lo social” en sí mismo. Que esto sea así –es decir, que no se recaiga en economicismos funcionales- depende de cómo se articule la calle con agrupamientos concretos y enunciados políticos significativos. Tenemos a favor –al menos lo habíamos tenido hasta ahora- que para bien o para mal la indisciplina es la nota saliente de las clases populares argentinas, incluso antes de la existencia de la propia Argentina, en el proceso revolucionario independentista y previo incluso a la construcción del Estado y la formación de la identidad nacional como tal. De hecho, esta “altanería” –según quien lo mire- nos distingue bastante aún entre los propios pueblos latinoamericanos. Es barbarie. Es democratismo. Es igualitarismo plebeyo. Es desorden. Es inestabilidad organizativa y emocional. Es desprecio al orden en general. Es malón. Es montonera. Es la cancha. Es la más completa desprolijidad y asimetría. En definitiva, todo lo que ofende la “estética visual y moral” de unas clases dominantes cuyo núcleo ha sido liberal en lo económico y autoritario en lo político, acaso precisamente por estas características del maldito pueblo de gauchos, indios e inmigrantes revoltosos que les ha tocado hegemonizar.  El punto es que yo apostaría a eso que llevamos dentro: a recultivar en nuevas condiciones históricas ese inconsciente colectivo frente a la voluntad cultural “ciudadanizante” del macrismo, y a potenciarlo como piedra de toque de su propia superación futura a través de un orden-desorden propio (es probable que si el socialismo existe en Argentina sea un gran quilombo… y la revolución ni hablar). Esto no se hace con libros y charlas, que también los necesitamos. Se da princialmente protagonizando experiencias de lucha, democracia directa y situaciones de ruptura de las cotidianidades. Es probable que el crack al que llevará la economía macrista nos ayude. Pero ya hemos visto una y mil veces que la ideología dominante y el sistema político no se “derrumban” solos en ninguna “bancarrota”, sino que son aquellas apenas la condición de posibilidad para transformaciones subjetivas y de poder que es necesario militar con eficacia. Sólo recordemos que las revoluciones, aún en el “glorioso” siglo XX, fueron excepción y no regla, y mucho menos frecuentes que las rebeliones populares y las crisis económicas.

Ciertamente 2016 y 2017 fueron años de intensa movilización social. Respuestas muy masivas y con reflejos ante un gobierno que acababa de ser elegido. Que no haya sido suficiente para coronar algún tipo de victoria política tiene que ver justamente con las limitaciones políticas que aún tenemos, pero no con que la calle no sea “nuestro fuerte” o con que no tenga efectos políticos. A la vez, no creo que la movilización callejera de estos años “compense” exactamente las derrotas políticas, al estilo de un partido de fútbol en el que se pierde pero en el vestuario nos consolamos resaltando “lo bien que jugamos”. No porque no hayamos jugado bien, sino porque hay que cambiar algo para pasar a ganar.

Esto nos lleva, por último, al problema de las formas y los tiempos de una superación popular del capitalismo neoliberal. Sin el kirchnerismo no se puede articular una resistencia popular eficaz ni una superación al macrismo. A la vez, tal y como es hoy, aglutinado naturalmente alrededor del liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, no puede pasar de ser una minoría muy numerosa que posibilita y a la vez limita. Creo que nunca fue lo que creyó o dijo ser. Pero, sobre todo, es necesario registrar que no significa para las masas populares argentinas –sobre todo entre los trabajadores- lo que cree significar. Sólo eso, y para su propia supervivencia, debería hacerle replantear a esa corriente política no sólo las estrategias “comunicacionales” sino también algunos elementos constitutivos de su propia naturaleza interior. Salir de la banalidad gorila de concebir a “la gente” como una masa de tontos/as, vulnerables a los mismos canales de televisión que ya tenían en contra cuando lograron el 54%. Tomar nota de que concita millones de votos a favor, pero muchos más activamente en contra, absolutamente ganables para el propio programa que el kirchnerismo dijo implementar y no hizo, generando un descreimiento experiencial enorme en amplias franjas del pueblo. ¿No será hora de que Cristina se consiga un Cámpora del siglo XXI? Con Racing podemos ir a todas partes. Pero sus liderazgos no muestran capacidad ni voluntad de ir a ningún otro lugar distinto a los que ya se haya ido. Es decir a donde estamos. Y Racing, a su vez, se estructura alrededor de esos liderazgos. Algo tendrá que pasar ahí.

Algo similar –en términos de potencial y autolimitaciones- ocurre con el carril del Frente de Izquierda, con la sustancial diferencia de su autenticidad y de su verdadero compromiso organizador con las luchas obreras y populares ¿Es el verdadero “Podemos” argentino? Seguro lo es más que el kirchnerismo. Pero si es así, el actor que cumple ese papel no lo hace tan bien como los españoles. Y al igual que el kirchnerismo –y mucho más que aquel, naturalmente-, se auto-restringe.

Estas coordenadas cruzadas son las que hacen que el lugar político de una izquierda popular siga siendo un espacio objetivo en la política argentina. Apretado, reducido al mínimo. Pero una necesidad y un lugar vacante. Es una tradición y un intento largo en la historia nacional, aunque siempre frágil y fugaz. Es, sobre todo, una llave maestra en construcción. Sus piezas están disociadas: el mundo de la izquierda liberal, por un lado (no me refiero sólo al FIT sino al universo del socialismo y el comunismo en general); y el nacionalismo popular y democrático, por otro (no me refiero sólo al kirchnerismo, sino al peronismo, al radicalismo popular y otras expresiones). Esa disociación histórica tiene que ver con las matrices, liderazgos y procesos que les dieron su forma actual. La izquierda popular y revolucionaria no es sólo la suma de ellas, sino una síntesis superadora de ambas. Ninguna de las dos puede, por sí sola, ser vehículo de un proceso emancipatorio tal y como son hoy. La izquierda popular, por su lado, es una jugada de pizarrón que “debería funcionar”, pero apenas si existe. Ese divorcio de los lugares políticos potencialmente sintetizables hace que su espacio sea muy pequeño e intrascendente en la actualidad. Su superación es nuestra auto-superación. Y hay que trabajarla. Reunión tras reunión. Lucha tras lucha. Coyuntura a coyuntura. Y, sobre todo, ganando fuerza real en el propio proceso histórico (no es un problema de escritorio), para que su camino gane el estatuto de entidad conveniente para sectores significativos del pueblo y para franjas decisivas de todo el abanico de fuerzas populares. El “sentido del momento histórico” de Fidel Castro no estuvo en empalmar acríticamente con las “fuerzas más progresivas” de la Cuba de los ‘50, sino en forzar, en base a la construcción de una fuerza propia que mostró a su pueblo ser la herramienta más consecuente y eficaz contra Batista, una serie de alianzas políticas con esas fuerzas anteriores al proceso revolucionario, pero sin cuya participación y síntesis tampoco había proceso revolucionario. Es decir, el arte de “los barbudos” fue hacer posible lo que era una necesidad popular desde antes de que esa necesidad fuese posible. Ese pasaje es “la magia” que no es magia. Tampoco había peronismo antes de Perón, y preguntarse cuál era el espacio político para la existencia del peronismo antes del peronismo es una pregunta cuanto menos extraña. Evidentemente se trataba también de un espacio vacante y una necesidad en sectores importantes del pueblo trabajador. A lo que voy es a que las identidades y los espacios políticos también se construyen. Con lo real, pero no sólo acomodándose a lo real. La experiencia histórica, el movimiento de la vida, muestra que lo que hoy es pequeño puede hacerse grande siempre que responda a una necesidad del proceso político y se convierta en herramienta eficaz de transformación, de contención, de alegría y de futuro para el pueblo trabajador.

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(*) N. del E.: El presente artículo, al igual que el de Marina Cardelli, lleva por título “Volver al futuro”. La numeración es nuestra, con el fin de diferenciarlos sin alterar la propuesta de los autores. No queremos dejar de llamar la atención, sin embargo, sobre la coincidencia. Lejos de ser casualidad, nos resulta sumamente sugestiva.

Mi hipótesis es que la diferencia entre el 54% de Cristina y sus tres derrotas electorales consecutivas entre 2013, 2015 y 2017 tiene que ver en gran medida con esta “tragedia” de haberse puesto innecesariamente en contra a buena parte de un movimiento obrero que le había regalado una 9 de Julio llena en abril de 2011. Eso no habla sólo de un error político, formal o accidental, sino de la naturaleza misma del proceso cristinista hasta hoy. Además de este divorcio, también se podría mencionar el que generó con capas medias, pero ese es otro debate (y otra lógica).

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