Las patas en la fuente: el bautismo político de la clase obrera argentina


Por Martín Obregón
obregonmartin@yahoo.com.ar

Pocas veces un acontecimiento tuvo tanta incidencia en la política argentina como la multitudinaria movilización del 17 de octubre de 1945. En un puñado de horas las clases populares torcieron el curso de la historia. ¿Quién se hubiera atrevido a negar, apenas un día antes, que la carrera política de Perón había llegado a su fin, junto con el régimen militar del que había sido su principal figura? Es difícil comprender la magnitud de este cambio de rumbo sin echar al menos un vistazo a los meses que van de junio a septiembre, caracterizados por una fuerte ofensiva de las clases propietarias y de la oposición política sobre el gobierno militar que había tomado el poder el 4 de junio de 1943.

La ofensiva opositora y el desplazamiento de Perón

A mediados de junio de 1945 los sectores patronales que desde un primer momento habían visto con recelo las políticas sociales impulsadas por Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión decidieron enfrentar abiertamente al hombre fuerte del régimen militar. A través del Manifiesto del Comercio y la Industria, las principales entidades empresariales del país planteaban al presidente Farrell su preocupación por un “ambiente de agitación” que encontraba “un constante impulso” en dependencias oficiales.

Por otro lado, la oposición civil que se aglutinada en torno a los partidos políticos tradicionales y de izquierda y que veía en el régimen militar una variante criolla del fascismo europeo experimentaba un crecimiento vertiginoso, impulsado por el clima de euforia que se había desatado luego de la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Este poderoso polo opositor incluía también a la embajada norteamericana, a las universidades y a la abrumadora mayoría de los medios de prensa. Su composición de clase, que articulaba sectores de clase alta con importantes franjas de la clase media, era evidente.

El punto más alto de esta ofensiva opositora se produjo el 19 de septiembre, cuando la “Marcha de la Constitución y la Libertad” congregó a una multitud en la Plaza del Congreso exigiendo la inmediata entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia. “500.000 piden el fin del régimen de Perón” estampó en un titular el Herald Tribune, exagerando las cifras pero dando cuenta de un notable poder de síntesis. Octubre comenzaba con la sensación – creciente y generalizada – de que el gobierno surgido de la revolución del 4 de junio tenía los días contados. La inquietud fue ganando terreno en los ámbitos castrenses. Para muchos oficiales no sólo estaba en riesgo el proceso iniciado a mediados de 1943 sino también la capacidad de las fuerzas armadas para darle una salida ordenada a partir de la negociación con los principales factores de poder. Para colmo de males, la decisión del ejecutivo de restablecer el estado de sitio, detener a centenares de opositores e instaurar una férrea censura de prensa no había hecho más que profundizar el aislamiento y el descrédito del régimen. Al momento de deslindar responsabilidades todos los cuestionamientos recaían en la figura del coronel Perón, el hombre fuerte y principal cabeza política del gobierno.

En las filas militares el descontento era evidente y al ver que los días transcurrían sin que hubiera señales claras de un cambio de rumbo, un sector del Ejército decidió tomar el toro por las astas. El 9 de octubre los hechos se precipitan. La oficialidad de Campo de Mayo exige al presidente Farrell la cabeza de Perón. El general Ávalos, jefe del regimiento más importante del país, se transforma por un momento en el dueño de la situación. En horas de la noche, Perón presenta su renuncia como Secretario de Trabajo y Previsión, Ministro de Guerra y Vicepresidente de la Nación, los tres cargos que había acumulado en su meteórico ascenso. La carrera política de Perón, que había cumplido cincuenta años el día anterior, parecía haber llegado a su fin.

La inesperada respuesta popular

Sin embargo, a lo largo de los días que van del 9 al 17 de octubre, ni los sectores del ejército que habían dado el golpe palaciego en contra de Perón ni la oposición política logran capitalizar la situación en su favor, dejando la puerta abierta para que se produzca una inesperada respuesta de la clase obrera. Dando muestras de una miopía política evidente, en lugar de negociar con los militares una transición ordenada hacia la normalización institucional, el frente opositor redobló la apuesta, insistiendo con el traspaso inmediato del gobierno a la Corte, una salida inadmisible para las fuerzas armadas. El gobierno militar, por su parte, comienza a encadenar un error tras otro. No sólo autoriza un acto de despedida frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión, sino que permite que los principales colaboradores de Perón permanezcan en sus cargos, desde donde jugarán un papel importante en la activación de los contactos sindicales.

Todas estas ambigüedades daban cuenta del vacío de poder que caracterizaba a la situación política luego de la caída en desgracia del hombre fuerte del régimen. Por otro lado, las confusas circunstancias en que se produce la detención de Perón y su traslado a la Isla Martín García – durante la madrugada del sábado 13 y sin que mediaran cargos en su contra – no hicieron más que favorecer el proceso de agitación en las filas obreras. A lo largo de estos días de incertidumbre e indefiniciones, donde las reuniones se sucedían a un ritmo frenético, la clase obrera ganaría un tiempo valiosísimo para revertir la situación. Algunos gremios (cerveceros, telefónicos, ladrilleros) se muestran particularmente activos, al igual que los sindicatos autónomos, como el de los frigoríficos de Berisso, que habían obtenido importantes conquistas a partir de la negociación directa con la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Ante el riesgo cierto de una movilización de las bases obreras que rebase sus estructuras organizativas la CGT convoca a una reunión del Comité Central Confederal el día martes 16, donde se perfilan dos posiciones claramente diferenciadas. La primera de ellas, sumamente moderada y expresada fundamentalmente por los delegados de la Unión Ferroviaria, se pronuncia en contra de la huelga. No es momento de tomar decisiones apresuradas, sostienen, ya que el propio general Ávalos les ha brindado garantías acerca del mantenimiento de las conquistas sociales obtenidas. Este sector, que conducía la CGT, era partidario de esperar el desenlace de los acontecimientos, para ver luego de qué manera reacomodarse. Por otra parte consideraban que no tenía sentido jugarse el pellejo por una figura política que estaba terminada. La segunda posición, en la que se alistan los delegados de la administración pública, transporte, cerveceros y metalúrgicos, plantea claramente la necesidad de pasar a la acción y declarar una huelga general. Consideran que hay claros indicios de una restauración oligárquica y de una inminente reacción patronal. Para ellos, Perón es el único capaz de garantizar los derechos obtenidos. La conducción de la CGT, con los ferroviarios a la cabeza, insiste hasta el final en su postura de evitar la huelga pero es derrotada en una ajustada votación (16 a 11) luego de largas horas de debate. El paro general se declara para el día 18 de octubre. Sin embargo, en aras de mantener la unidad del frente sindical, no hay ningún llamado a movilizar (ni ese día ni ningún otro) y no se hace ninguna referencia explícita a la detención de Perón, a quien ni siquiera se menciona en el texto del comunicado.

Para el conjunto de gremios que venían coordinando sus movimientos desde los días que siguieron a la detención de Perón la decisión del Comité Central Confederal constituía un triunfo en toda la línea. Estos sectores ya habían resuelto pasar a la acción – con paros y movilizaciones mediante – y no necesitaban el aval de los ámbitos orgánicos de la CGT para hacerlo. Sin embargo, la noticia de la convocatoria a la huelga general del 18 no dejaba de ser un espaldarazo a sus posiciones. Envalentonados por la declaración de huelga, los sectores más activos y dinámicos aceleraron los tiempos y los resortes de la movilización obrera. Sin embargo: ¿quién podía imaginar el 16 por la noche lo que iba ocurrir el 17?

El subsuelo de la patria sublevada

La movilización del 17 se inició muy temprano, en los albores de una jornada que se insinuaba húmeda, pesada y calurosa. En la zona sur, en el corredor que va de Avellaneda hasta Berisso y Ensenada, algunos activistas sindicales habían coordinado la organización de piquetes en las entradas de las fábricas con la idea de paralizar las actividades y movilizar hacia el centro de Buenos Aires. Sobre esa improvisada estructura organizativa se fue gestando una formidable manifestación popular que no había sido convocada por ningún gremio ni central sindical. Los portones de las fábricas se convirtieron en gigantescas usinas que difundían el rumor en todas direcciones: la consigna era suspender las tareas y movilizar a Plaza de Mayo a pedir la libertad de Perón.

Las noticias se fueron propagando de un establecimiento industrial al otro. A media mañana los trabajadores y trabajadoras que habían ganado las calles se contaban por decenas de miles. En Lanús y Avellaneda las principales avenidas se habían convertido en virtuales embudos peronistas que desembocaban en los puentes que separaban la capital de la provincia. Más al sur, y también desde las primeras horas del día, gruesas columnas de trabajadores que provenían de los frigoríficos de Berisso y del puerto de Ensenada ocuparon el centro de La Plata, donde la manifestación se dividió entre quienes decidieron continuar rumbo a Buenos Aires y los que permanecieron deambulando por la ciudad hasta bien entrada la noche. También desde San Martín, en la zona norte y desde el oeste, a través de la Avenida Rivadavia, grupos cada vez más numerosos se dirigían rumbo a la Plaza de Mayo.

Lo que estaba sucediendo no tenía antecedentes en una ciudad que se jactaba de su estirpe blanca y europea y que ahora asistía – impávida – a la irrupción de un movimiento marcadamente plebeyo. Quienes se manifestaban formaban parte de la clase obrera industrial pero también del pobrerío de las afueras de Buenos Aires. Se movilizaban a pie, en bicicletas, ómnibus, tranvías o camiones que en algunos casos habían tomado por asalto. Marchaban de manera desordenada y agitaban carteles y pancartas pintadas a mano, con tiza o con carbón. Se paseaban desfachatadamente por lugares que nunca antes habían pisado, cantando y gritando consignas simples pero contundentes, improvisadas al calor de los acontecimientos y multiplicadas de boca en boca.

Pasado el mediodía, ya había entre diez y quince mil personas en la Plaza de Mayo. Perón, que había sido trasladado desde la Isla Martín García al Hospital Militar, seguía los acontecimientos desde ese lugar, que poco a poco se iría transformando en su cuartel general, sin atinar todavía a tomar ninguna decisión. Mientras tanto, en la Casa de Gobierno la desorientación era total, al punto que algunos funcionarios seguían trabajando en lo que sería el anuncio del nuevo gabinete. Entre la oficialidad de Campo de Mayo y la Marina de Guerra también reinaba el desconcierto. La mayoría esperaba una orden para desalojar de una vez por todas a los manifestantes, pero el general Ávalos no estaba dispuesto a pagar el costo político de la represión, considerando más prudente dejar correr las horas hasta que la multitud se dispersara.

Las ambigüedades y vacilaciones que habían caracterizado al gobierno durante la semana previa se hicieron más patentes que nunca a lo largo de ese miércoles 17. El general Ávalos, sobre quien había recaído el poder real luego del desplazamiento de Perón, se vio desbordado por el curso de los acontecimientos y sólo tomó real conciencia de la gravedad de los hechos cuando ya era demasiado tarde para actuar. En la misma confusión se encontraban las fuerzas de la oposición, absolutamente ajenas a un acontecimiento que modificaría irreversiblemente el tablero político. Las columnas obreras siguieron llegando, procedentes de todas partes, y al caer la tarde, cuando una abigarrada multitud desbordaba la Plaza de Mayo, Perón impuso sus condiciones, que incluían la renuncia indeclinable del general Ávalos y del almirante Vernengo Lima – jefe de la Marina de Guerra – y la designación de un gabinete conformado por sus colaboradores más cercanos.

En un escenario político caracterizado por dudas y vacilaciones de todo tipo, sólo la multitud que avanzó sobre la ciudad desde las primeras horas del día y permaneció en la plaza hasta pasada la medianoche supo con certeza qué era lo que tenía que hacer. Hasta el propio Perón se mostraba dubitativo cuando todo el mundo lo consideraba vencedor y fue necesaria la intervención de los dirigentes del comité de huelga para convencerlo de que se dirigiera a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada, desde donde se lo vio aparecer a las once y diez de la noche. Lo recibió una ovación que se extendió por espacio de quince minutos. La historia argentina se había partido en dos.

No hay ningún acontecimiento en nuestra historia comparable al 17 de octubre de 1945. Durante esa jornada nació en la Argentina el movimiento político y social más importante del siglo XX, producto del protagonismo del pueblo, que se valió de sus estructuras organizativas al mismo tiempo que las desbordaba completamente. La emergencia del peronismo tuvo lugar en el contexto de una fuerte conflictividad social donde la principal referencia para delimitar quién estaba de un lado y quién del otro era la figura de Perón. En octubre de 1945, entre los dos bandos en disputa, el clivaje de clase era más que evidente. Todos los argumentos provenientes del conglomerado liberal y de izquierda que todavía sostienen que el peronismo fue en realidad una estrategia de la burguesía para contener las demandas obreras, o que ven en Perón a un gran titiritero que movilizó a su antojo a unas masas carentes de conciencia de clase y de una estrategia propia, se desmoronan al contrastarlos con los hechos de aquella jornada memorable, en la que todo el mundo dudaba, salvo la clase obrera y las muchedumbres pobres de las afueras de Buenos Aires.

Fue la clase obrera la que puso a Perón – hasta ese mismo día resignado a aceptar su derrota – en el centro de la política argentina. Y lo hizo porque intuía que el ataque a su figura escondía en realidad una revancha de las patronales que ponía en riesgo todos los beneficios materiales conseguidos a lo largo de los dos últimos años, pero también porque encontraba en su liderazgo algo mucho más importante: una identidad política común. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe – ha dicho con precisión exquisita Raúl Scalabrini Ortiz – iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Lo que durante tantos años aparecía difuso y fragmentado encontraba por fin una expresión unificada. Para la clase obrera argentina, el 17 de octubre fue un gigantesco bautismo político.

 

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