La necesidad de un proyecto estratégico

Por Julio C. Gambina (*)

Ante la ofensiva del capitalismo es necesario definir un proyecto estratégico de carácter alternativo, a contramano del rumbo que asume la iniciativa política de las clases dominantes en un ciclo largo iniciado con el “neoliberalismo” implantado desde el terrorismo de Estado.

Es una reflexión válida para el periodo iniciado a comienzos de los 70, pero que en la Argentina adquiere relevancia con el acceso al gobierno de Mauricio Macri en diciembre del 2015. A casi dos años de este fenómeno político, social y cultural, conviene profundizar en los acontecimientos e indagar sobre la etapa y el qué hacer del movimiento popular y la izquierda.

La estrategia alternativa supone un camino a seguir para construir la transformación social, es decir, revolucionaria, por ende, anticapitalista, antiimperialista, anticolonial y por el socialismo. Son caracterizaciones necesarias que requieren de un balance de significados aludidos, especialmente por las experiencias transitadas a nombre de la revolución.

Tiene sentido lo que mencionamos cuando en este tiempo se discute la edición hace 150 años del Tomo I de El Capital y el centenario de la revolución en Rusia. Ambos acontecimientos remiten a la teoría y práctica de la revolución, como parte de la estrategia del movimiento obrero y popular.

Resulta imprescindible repasar la especificidad de los momentos recientes de la estrategia obrera y popular en la Argentina, pero no solo para discutir el pasado, sino para intentar comprender su trayectoria y derivación en el presente y el futuro cercano.

En los años 70 del Siglo XX existió una estrategia revolucionaria en Argentina (con acciones de masas e insurgentes), como parte de una situación mundial de ofensiva del movimiento popular y la izquierda, expresado en el antecedente de la revolución cubana (1959), y manifestado con creces con el triunfo de Vietnam (1973-75) y la revolución nicaragüense e iraní (1979).

Un dato de la realidad es que ese proceso fue favorecido por la bipolaridad del orden mundial, entre socialismo y capitalismo (1945-1991). Fue en los tempranos setentas del Siglo XX, que la estrategia por la revolución generó el momento de mayor acumulación de poder popular en el país (1968/1975) y máxima distribución del ingreso en el capitalismo argentino hacia 1974/75. Es algo que puede asumirse como parte de la situación mundial de una estrategia por la revolución.

La respuesta estratégica de las clases dominantes fue el terrorismo de Estado y la emergencia del neoliberalismo (Plan Martínez de Hoz, 1976), y en escala global, especialmente con Thatcher (1979) y Reagan (1980), más aún con la caída de la URSS (1989/1991) y la ruptura de la bipolaridad.

Por eso, los 90´ fueron ampliamente funcionales a la estrategia del poder local y mundial, con desregulaciones, apertura y privatizaciones; políticas consensuadas desde las burocracias políticas del PJ y la UCR en el gobierno (1989-2001), pero también desde ámbitos de las corporaciones sindicales y patronales. La lógica del poder local suponía adecuarse a los nuevos tiempos de la lógica mundial ante la ruptura de la bipolaridad con la caída del Muro de Berlín y la desarticulación de la URSS.

Uno de los intentos para construir estrategia alternativa desde el movimiento obrero en la etapa fue la resistencia a la dictadura (1976-1983) y entre otras, la construcción en los 90´ de la CTA y una articulación popular con epicentro en acciones de masas como el plebiscito de diciembre del 2001 (3 millones de firmas) contra la pobreza. La pueblada del 19 y 20 de diciembre del 2001 habilitó, sin prosperar, la emergencia de una estrategia revolucionaria, que continua siendo una asignatura pendiente. El objetivo sigue siendo la construcción de una estrategia revolucionaria.

El kirchnerismo ocupó desde el 2003 su lugar en la sociedad con una amplia alianza coronada con el 54% de la elección del 2011 y que desde entonces empezó a desarmarse, con la aparición del massismo en 2013 (incluyó sectores que venían del kirchnerismo, entre ellos el propio Massa) y el macrismo en 2015, con la novedad de un gobierno de derecha explícito, con CEOs funcionarios y aliados de la UCR y el PJ (sectores kirchneristas también), incluida complicidad parlamentaria (arreglo con fondos buitres; ampliación de la Corte Suprema de Justicia, Ley de Presupuesto, entre muchas otras).

La acumulación kirchnerista se gestó desde la satisfacción de algunas demandas sociales, como recomposición de ingresos populares, convenios colectivos y otras demandas democráticas como el matrimonio igualitario, la ley de comunicación y muy especialmente el aval a la anulación de las leyes de la impunidad. Son elementos que se destacan por sus seguidores en la actualidad, al tiempo que escamotean la potenciación del modelo productivo y de desarrollo sojero, mega minero y de armaduría industrial, con amplia beneficio a acreedores externos. Esto último es lo que potencia al macrismo, al tiempo que trata de desandar las medidas democráticas.

La nueva situación con el macrismo

Existe una nueva situación en la lucha de clases derivada del triunfo electoral de Cambiemos y Macri a fines del 2015 y ratificada y ampliada en octubre del 2017.

La ofensiva de las clases dominantes, aun con contradicciones, pretende consolidar el primer gobierno constitucional no peronista ni radical, aun cuando existen y probablemente sumen nuevas apoyaturas de ambas expresiones. En las elecciones de octubre pasado avanzaron en la construcción de un mayor consenso electoral, base para un consenso político más duradero, lo que requiere cierta organicidad social funcional al objetivo de la fuerza política en el gobierno.

Es decir, conformar cierta base social de masas con pretensión de constituir sustento de apoyo más allá del voto. El privilegio en este sentido pasa por la capacidad de negociación y cooptación de dirigentes y organizaciones al proyecto del gobierno. La unidad orgánica de una parte de la CGT apunta en esa dirección. Desde lo estructural, el gobierno busca adecuar las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales al contexto mundial de ofensiva del capital y las derechas. Es el camino de las reaccionarias reformas laborales, previsionales, tributarias en debate parlamentario actual.

El proyecto macrista y su estrategia se asume como una concepción política de la “anti-política”, cuyo emblema son las/os “gerentes” o “yuppies” en el gobierno, de apariencia como “técnicos eficientes” más allá de cualquier ideología. Serían “modernos” artífices de un nuevo tiempo “aggiornado” a los del capitalismo contemporáneo. Es verdad que existe consenso previo de buena parte de la sociedad para legitimar este “nuevo” sentido común, como resultado de la relativa “despolitización” y “desideologización” operada desde 1975/6. Claro que en rigor es una nueva politización o ideologización de la realidad, funcional a las necesidades de las clases dominantes.

Macri y su equipo pretenden afianzar un sentido común favorable a su modo de ver la coyuntura. La cultura individualista forjada desde 1975/76 abona este objetivo, incluso entre “bien pensantes” críticos del neoliberalismo y del propio Macri, una cuestión exacerbada con la crítica al kirchnerismo y sus gobiernos por 12 años entre 2003 y 2015.

El macrismo se consolida a fines del 2017 como primera minoría electoral en Argentina, aunque todavía incluye una parte de la votación que es producto del rechazo al kirchnerismo, que no debe considerarse voto fiel al ideario y práctica de Cambiemos en el gobierno.

La suma de macrismo en octubre de 2017 (42%) y kirchnerismo (22%) los coloca como las fuerzas más votadas (64%) y confirman que son la novedad política en la representación institucional de la Argentina en este Siglo XXI. El radicalismo acompaña mayoritariamente al PRO y también en menor medida se incluye como parte en el kirchnerismo. El peronismo se incluye en el kirchnerismo, fuera del mismo y también minoritariamente con la alianza liderada por el PRO. Por eso aludimos a una nueva situación política con crisis de las identidades tradicionales: radicalismo y peronismo; y la emergencia de nuevas representaciones institucionales.

El macrismo ya no es solo una fuerza de la Ciudad de Buenos Aires, sino que se extiende como identidad nacional, con peso electoral en los principales distritos por población y peso económico, especialmente la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Es algo que le otorga fuerza en la negociación con los gobernadores y las fuerzas políticas tradicionales en la Argentina, peronismo y radicalismo, disminuidas en su visibilidad como expresión política.

La votación del kirchnerismo sigue siendo amplia y de carácter nacional, con expresiones organizadas en el movimiento social. Anuncia que se posiciona como la principal fuerza de oposición al gobierno de Macri e intentará hegemonizar al peronismo, que en sus variantes se presentó por lo menos en tres espacios electorales. El liderazgo del peronismo está en disputa y Cristina Fernández pretenderá erigirse desde su respaldo electoral hacia la candidatura presidencial de oposición para el 2019.

Macri es el primer presidente no radical ni peronista desde 1916, y aspira a constituir un nuevo tiempo político en el país bajo una nueva identidad, de derecha y con consenso electoral de masas, lo que supone apoyo entre los más pobres y los trabajadores.

El triunfo electoral no elimina el conflicto social como parte de la disputa política. De hecho, las tensiones de último momento se asociaron a la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado, con responsabilidad directa del Estado y la represión.

Se trata de un tema que continúa, más allá de la autopsia y la consideración de la responsabilidad estatal en la muerte de Maldonado, incluso de los dictámenes oficiales, la sociedad, o una parte de ella responsabiliza al Estado y el conflicto en torno a su esclarecimiento no se agota en la opinión oficial. El tema se agrava con la represión a los pueblos originarios y el asesinato de Rafael Nahuel.

El movimiento de derechos humanos y, más en general, el movimiento popular, batalló contra la impunidad hasta lograr las leyes de nulidad y los juicios en curso; una lucha de décadas en la que puede inscribirse la demanda por el esclarecimiento de la muerte de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel.

La batalla contra las actualizaciones de tarifas involucró a votantes del macrismo durante estos años y es previsible que sean parte de nuevas protestas. No debe asociarse adhesión electoral con consenso a políticas de ajuste explícito que afecta a buena parte de la población de menores ingresos.

Una ampliación del consenso electoral y parlamentario no significa contención del conflicto social.

Con el consenso electoral se pretenderá avanzar con la agenda del ajuste y la regresiva reestructuración de la economía, el estado y la sociedad. Por eso se alentarán reformas diversas: laboral, previsional, fiscal, penal, educativa, de salud, etc.

A no dudar que esos intentos generarán respuestas diversas, entre quienes intentarán darle cobertura social, sean parte de la burocracia sindical negociadora, mayoritaria en la CGT; el periodismo afín a las patronales de la comunicación y una intelectualidad funcional a la liberalización; pero también se habilita el despliegue de alternativa política popular, especialmente en la construcción de un nuevo modelo sindical, donde la unidad de acción es fundamental para construir nuevo proyecto sindical y popular articulado.

Las CTAs y otros ámbitos del movimiento sindical están desafiados a superar la fragmentación y con audacia proponer formas de organización de la protesta social y generarse condiciones de efectividad en la construcción de alternativa de poder.

En el movimiento sindical, territorial y popular se dará el principal espacio para la acumulación política de la izquierda y un proyecto popular por la emancipación social.

La izquierda partidaria logró 1.350.000 con casi el 6% de votos, con picos muy importantes en algunos distritos como Salta, Jujuy, Mendoza, e incluso el ingreso de legisladores nacionales. La fragmentación de la propuesta electoral de la izquierda diluye una mayor presencia legislativa y desafía a ampliar los espacios de unidad. Unidad más posible y deseable en el ámbito del movimiento social y el conflicto, territorio adecuado para construir confianza para disputas institucionales próximas.

Sin perjuicio de la confrontación al ajuste, que incluye alianzas estratégicas y tácticas que involucran al propio kirchnerismo, el desafío pasa por la unidad ante situaciones de una agenda por la liberalización.

En ese plano destaca la confrontación contra las reformas laborales y previsionales y otras que mencionamos antes, pero especialmente contra la agenda de la presidencia Argentina en el G20 del 2018, como parte de la ofensiva capitalista en territorio argentino durante el próximo año. Más aún, entre el 10 y 13 de diciembre se reúne la 11° Ministerial de la OMC y la programada semana de acción global contra la OMC será la oportunidad de generar una importante acción de masas en unidad de lucha para habilitar la discusión de una agenda alternativa al proyecto de liberalización del gobierno y las clases dominantes.

Sea por la agenda del ajuste nacional o las reformas reaccionarios y el alineamiento con la demanda del capital trasnacional para bajar el costo laboral y previsional y asegurar rentabilidad al capital, el desafío se instala en la potencia de la unidad de acción del movimiento popular y que en su desarrollo se desplieguen formas eficaces de articulación para la disputa del poder. Por todo ello es que uno de los problemas a resolver es el de la alternativa política.

Construir alternativa

Más allá de los objetivos de las clases dominantes y del gobierno Macri, el problema central desde la crítica es la capacidad de construir alternativa, superando el límite de quienes disputan la gestión del capitalismo en Argentina.

No es un dato menor, ya que muchos potenciales aliados de una estrategia revolucionaria optan por el mal menor dentro de la gestión del capitalismo y aparecen opciones electorales de “impresentables”. El argumento es que no está al día la revolución y entonces hay que optar por el límite de lo posible.

Un dato relevante pasa por reconocer la emergencia del kirchnerismo en la disputa del movimiento popular entre 2003 y 2015. El kirchnerismo no solo fue gestión del orden capitalista, sino un proyecto que impulsó base social de masas con capacidad de atracción de organizaciones y sectores sociales diversos. No alcanza con caracterizar al kirchnerismo y a sus alianzas para ser hegemónicos en la política local por tres periodos, desde el 22% captado en 2003 al 54% de 2011 y su posterior retroceso en 2015 y 2017.

El kirchnerismo fue la forma de gestión del capitalismo tal y como es en el país, con sojización, megaminería a cielo abierto, fracking y dependencia de capitales externos, lo que supone un modelo productivo gestado desde la dictadura genocida, profundizado en los ‘90 bajo la hegemonía menemista peronista y no modificado sustancialmente en estos años, aun con distribución del ingreso (planes sociales extendidos) y avances en el empleo y las negociaciones colectivas. El modelo productivo para la dependencia del capitalismo local, con los matices de cada gestión constitucional desde 1983, es una construcción consolidada desde la ofensiva capitalista de 1975/76.

Construir alternativa política fue un desafío durante la dictadura genocida y sigue siendo una asignatura pendiente, especialmente en un horizonte que cuestione al orden capitalista y su efecto regresivo en la distribución del ingreso y de la riqueza. La tendencia histórica en el capitalismo, no solo en la Argentina, es el crecimiento de la desigualdad, más allá de cualquier cambio por cortos periodos, que no modifica la tendencia. Insistamos, no solo en el país. Alcanza con citar el estudio de Pikety sobre el tema, o los informes OXFAM difundidos en los cónclaves de Davos cada enero.

El problema es ¿cómo y de dónde construir lo nuevo? Es un interrogante complejo a responder, pero que consciente o inconscientemente atraviesa las prácticas e iniciativas de diversas organizaciones y colectivos militantes. Aspirar a la articulación de esas iniciativas, a veces contradictorias, es parte del desafío de la época. Ello incluye la crítica y la autocrítica de todo lo realizado en aras de cambios transformadores y si se quiere, revolucionarios.

Nadie está exento de la crítica y la autocrítica. Entre las estrategias que me involucran en tiempos recientes reconozco especialmente dos ámbitos y articulaciones para pensar.

Una es la creación del nuevo modelo sindical de la CTA, hoy en debate profundo con su historia de expansión, división (2010) y cuestionamientos actuales desde 2014/15, especialmente en la conducción nacional de ATE, ante cambios en la hegemonía interna de la CTA Autónoma y rumbos concretos en la acumulación de poder popular. Otra remite a la estrategia electoral desde las experiencias de unidad de la izquierda, en el Frente del Pueblo (comunistas, trostkistas, peronistas) y más aún en la Izquierda Unida de 1989 y sus secuelas diversas desde entonces.

Cada uno de estos experimentos incluyó debates y disputas por la hegemonía, con procesos específicos que merecen ser estudiados y utilizados para pensar nuevas estrategias para la acumulación de poder popular. La democratización y pluralidad en esos ámbitos son claves para pensar y actuar el presente y el futuro. Existen otras experiencias a considerar, sin embargo, el desafío por un nuevo modelo sindical y la unidad de los proyectos anti capitalistas sigue siendo un rumbo esencial para pensar en el nuevo tiempo.

Resulta necesario discutir cómo se construye el bloque popular para la transformación, con quiénes y cómo se transitan los debates desde la humildad, abandonando soberbias que no reconocen prácticas y pensamientos disimiles. No hay solución simple a los problemas aludidos, solo se resuelven desde el protagonismo en la lucha social y el conflicto cotidiano por defender derechos adquiridos y ampliarlos, al tiempo que se despliega la lucha por construir subjetividad social consciente en la perspectiva de un presente y futuro más allá del capitalismo.

Lo más difícil y concreto en esa lucha y devenir es la construcción de fuerza social y política, procesos inescindibles, ya que no sirve contraponer lo social a lo político. En la dinámica política integral de la sociedad se manifiesta la cotidiana lucha reivindicativa y la construcción de ámbitos con capacidad de disputar hegemonía y sentido común en todos los terrenos de la vida.

Apuntamos a destacar la batalla electoral e ir más allá en el análisis del presente y el futuro cercano. La estrategia del movimiento obrero y popular tiene que incluir diversos ámbitos de la lucha de clases, que incluye la disputa electoral y sobretodo la organización social, política y cultural de la sociedad de abajo.

El debate electoral actual apunta a definir quién gobierna el capitalismo argentino, que es parte del debate mundial, entre una ortodoxia, con matices, que sostiene el neoliberalismo o la apertura económica como perspectiva (macrismo entre otros) y variantes de reformismo en el marco del capitalismo (kirchnerismo y otros). Es la dualidad presente en el sistema mundial, con aquellos que impulsan la liberalización en y desde los organismos internacionales, sea el FMI, el BM o la OMC, y los gobiernos más ortodoxos de derecha (entre ellos el argentino) y aquellos que siguen apostando a un capitalismo reformista. Entre estos últimos sobresalen economistas con difusión en medios de comunicación como Paul Krugman, Joseph Stiglitz, o quienes siguen apostando a regular el sistema mundial (cambio climático, especulación financiera y paraísos fiscales, crisis alimentaria, etc.) o a una estrategia del tipo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), o un futuro capitalista asentado en los países emergentes, caso de China especialmente. Macri tuvo que terminar negociando con China ante la ausencia de proyectos de Inversión provenientes de EEUU, Europa o Japón, salvo algunas menores y ya tradicionales como el caso de Toyota.

Junto a estas dos estrategias (capitalistas), matizadas entre sí, que no son exactamente lo mismo, se abre paso una opción alternativa, anticapitalista, que tuvo visibilidad en este Siglo XXI con la recreación de la perspectiva socialista en Nuestramérica, formulada con matices desde Venezuela, Bolivia y obvio Cuba; con propuestas de integración alternativa, caso del ALBA-TCP y alianzas con sectores críticos del pensamiento hegemónico lo que permitió enarbolar nuevamente el proyecto de la Patria Grande, la UNASUR, la CELAC y propuesta tan diversas como el Banco del Sur y la nueva arquitectura financiera con el SUCRE; Petro-América y expectativas por el socialismo del Siglo XXI o el socialismo comunitario, el buen vivir y el vivir bien.

Esa experiencia alentó procesos diversos en el norte de África (primavera árabe) y en Europa (Grecia, España, Francia), con suerte diversa pero articulando izquierda y centro-izquierda, propuesta revolucionaria y reformista. No es menor en tiempos de búsqueda de una estrategia revolucionaria, transformadora de la realidad, lo que involucra alianzas más amplias.

La coyuntura mundial nos devuelve la iniciativa del poder contra esta dinámica y se manifiesta en el Brexit, el gobierno Trump o la reciente elección francesa, pero también y con crudeza golpista en Honduras, Paraguay o Brasil, con invasiones en Libia y el norte de África, pero sobre todo con la disputa del consenso electoral en Argentina y la agresión actual contra Venezuela, la renovada ofensiva contra Cuba y un escenario de militarización creciente en el ámbito mundial.

Continuidad de la crisis y búsqueda de la estrategia alternativa

El capitalismo mantiene una situación de crisis mundial desde el 2007/08 y anima diferentes apuestas para superarlas, entre ellas y principalmente mantiene la ofensiva sobre el trabajo, los recursos naturales y la sociedad.

Queda clara la intención de afectar derechos sociales y sindicales, en el marco de la innovación tecnológica que potencia la productividad del trabajo y exacerba la disputa por la apropiación del valor socialmente creado. La máxima es la eliminación del derecho de huelga, la deslegitimación de la organización sindical, territorial y social de los de abajo. Como nunca, se pretende la súper explotación de la fuerza de trabajo y de la Naturaleza, junto a la instalación de una cultura del consumismo en la sociedad, asociado a la planificación de la obsolescencia programada.

La fuga de la situación de crisis se encuentra en la militarización, el aliento al orden criminal de la droga, la trata de personas y la venta de armas, la especulación y el endeudamiento público (también privado) a costa de los presupuestos públicos, con Estados nacionales cada vez más comprometidos (EEUU con el 100% de deuda pública sobre PBI; España y Japón por encima del 200%), por lo que Argentina con el 50% aún tiene amplio espacio para seguir con el ciclo de endeudamiento retomado por el macrismo, favorecido por el desendeudamiento kirchnerista de los años previos. Pagar o endeudarse tiene los mismos privilegiados: los acreedores externos, a costa de los internos y sociales.

Hay expectativa en la llegada de las inversiones externas y eso no es solo desde el oficialismo, sino de muchas de las principales voces que disputan el gobierno, incluso en la centro-izquierda. Por eso es importante discutir más a fondo el destino del presente capitalista y la necesidad de instalar una propuesta anticapitalista, lo que supone el anticolonialismo, el antiimperialismo, el anti-patriarcalismo, la lucha contra el racismo y toda forma de discriminación.

Ello supone un programa especial, por la des-mercantilización y la lucha por los derechos, a la educación, a la salud, a la energía, al trabajo y a la satisfacción de las necesidades sociales más amplias para toda la población; la reducción de la jornada de trabajo sin afectar salarios; la autogestión y el poder del pueblo en la reproducción de la vida cotidiana. Pero todo ello requiere ganar en conciencia social sobre el porqué de la lucha popular por una alternativa que otorgue consistencia y densidad a una estrategia revolucionaria.

Menos consignas y más argumentos. Desde la izquierda y el movimiento popular se requiere mayor capacidad de argumentación. El discurso pos electoral del macrismo es vacío, asentado en el consenso electoral y convocando a “seguir” en el rumbo. Somos conscientes que eso supone la agenda de la liberalización y el ajuste, la promoción de las inversiones externas y el mayor endeudamiento público, y que no alcanza con la oposición. La demanda es por construir adecuada argumentación que no se contenten con la crítica al neoliberalismo, sino ir más allá en una prédica anticapitalista que pueda generar conciencia por cambios profundos. El problema no es el neo-liberalismo o Cambiemos, el tema de fondo es el capitalismo. Hace falta una propuesta anticapitalista y para ello discutir más a fondo que pasa en los sentimientos y consciencia de los sectores populares, ver como se discute contra la argumentación desde el poder y en ese camino construir una estrategia alternativa, revolucionaria.

Buenos Aires, 1 de diciembre de 2017

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(*) Julio Gambina es Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. Profesor Titular en las Universidades Nacionales de San Luis y Rosario. Profesor de posgrado en Universidades de Argentina y la región latinoamericana y caribeña. Presidente de la Sociedad Latinoamericana de Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA. Director del Instituto de Estudios y Formación de la Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina, IEF-CTA Autónoma. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP.

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