Brasil: El Filo de la Navaja

El fenomeno Bolsonaro no se gestó de un día para el otro. Se fue cocinando en las movilizaciones contra Dilma Rousseff, en el golpe de Estado en su contra, en la incapacidad del PT de lograr cambios sustanciales en lo económico y en el rol que jugó el poder judicial en este proceso. Apuntes para entender el resurgimiento fascista que pone en jaque a la región.
Por Gabo Vera Turcato

 

1) Las elecciones brasileñas coronan un año de intensas contiendas electorales que recorrieron el continente. En un contexto de fuerte crisis económica y en el marco de capitalismos periféricos dependientes, las clases dominantes disputan, en la región, cuál es la mejor forma de valorizar su capital, atraer flujos de inversiones del mercado mundial y vincularse a las cadenas globales de producción, con el fin de sobrellevar los efectos de la crisis.

Desde el punto de vista geopolítico, en cada una de las contiendas fueron pugnando posiciones del tablero continental. Por un lado, distintas corrientes “progresistas” alineadas a los gobiernos pos-neoliberales (a los que la prensa hegemónica llama con desdén populismo), y por el otro distintas fuerzas liberal-conservadoras (alineadas mayoritariamente en la Alianza del Pacífico). Las primeras, acorraladas por un margen mucho más estrecho para cualquier política de colaboración de clases, enfrentan violentas persecuciones judiciales y mediáticas en toda la región. Las segundas, representantes directas de las fracciones de los sectores dominantes vinculadas al capital financiero, las oligarquías terrateniente y los sectores de las burguesías nativas más dependientes del capital trasnacional, pugnan, en pos de imponer necesarias reestructuraciones sociales para la acumulación capitalista en la actual etapa, por volver al poder del Estado sin intermediaciones que supongan compromisos con los sectores populares.

En la trastienda de estas disputas, la intensificada guerra comercial entre China y EE.UU. encuentra en América Latina uno de sus principales teatros de operaciones. La influencia inexorable del gigante asiático en la estratégica región es algo que el establishment estadounidense no está dispuesto a aceptar de buena manera. El ex primer secretario de Estado del presidente Trump, Rex Tillerson, graficaba esto de manera elocuente, afirmando recientemente: “América Latina no necesita nuevos poderes imperiales(…) Nuestra región debe ser diligente para protegerse de los poderes lejanos … ”.

Sobre esta trama general, el gobierno golpista de Temer surge como parte íntegra y resultado de una de las dos caras de la bifronte ofensiva neoliberal en la región, junto al gobierno de la Alianza Cambiemos. Cada uno de ellos se desenvuelve en la traducción específica que le marca el pulso de la correlación de fuerzas al interior de cada país. Luego del fracaso del ALCA, en donde Argentina y Brasil, junto al diablo Chávez, jugaron un papel fundamental, estas fuerzas intentan poner a Nuestramérica toda en directa subordinación a los intereses estadounidenses para con la región, tanto en el plano económico como político, e incluso bélico. Para esto, comparten el objetivo estratégico y el desafío de asestar derrotas decisivas al movimiento popular y la clase trabajadora. De tal manera, se yerguen como pretendidos popes en la cruzada continental de la restauración conservadora/neoliberal. No obstante, a partir de la implementación efectiva de sus políticas, en ambos países, se fueron produciendo gigantescas movilizaciones y luchas contra sus proyectos.

Las elecciones en Brasil se inscribieron en este contexto. Logrando acaparar la atención de la prensa internacional destinando infinidad de páginas a analistas de todo ropaje. Intelectuales, periodistas y políticos, de todo tipo, manifestaron sus simpatías y/o preocupaciones con los posibles resultados de los comicios. Fenómeno que se debe, fundamentalmente, a tres factores:

a) En primer lugar; por el peso específico de la economía brasileña, una de las 10 economías más importantes del mundo, por volumen de PIB, y la primera de América Latina.

b) En segundo lugar; porque son las primeras elecciones que se desarrollan luego del golpe que destituyó del Palacio del Planalto a Dilma Rousseff, seguido de la proscripción electoral del principal líder popular en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y su injustificado encarcelamiento.

c) En tercer lugar, y el más importante; porque estas elecciones pusieron en juego la emergencia de una fuerza social-política de extrema derecha competitiva en el terreno electoral. Un fenómeno que cuenta con el apoyo explícito de varios poderes del Estado, como el judicial y el aparato militar. Alianza animada y exhortada por las bancadas de la BALA (el Frente Parlamentario de la Seguridad Pública) un frente de diputados apoyados por la industria bélica, la asociación de tiradores y la asociación de policías civiles y militares; la bancada evangélica, ligada a los negocios de los mercaderes de la fe, que cuenta con el padrinaje del multimillonario Edir Macedo, dueño de la Iglesia Universal del Reino de Dios; la bancada del BOI, el Frente Parlamentario Ruralista, principalmente entre aquellos representantes de los latifundistas del sur y el oeste del país.

2) Tanto el impeachment, así como la operación del Lava Jato, la proscripción electoral de Lula da Silva y su injustificado encarcelamiento no pueden ser analizadas divorciados de la militarización de las favelas, la declaración del estado de sitio como respuesta gubernamental a la huelga de camioneros, el tiroteo al micro de campaña de Lula y el cobarde asesinato de la dirigente del PSOL, Marielle Franco. Es decir, la profundización de mecanismos de violencia política que amenazan con extenderse.

En esta coyuntura, el poder judicial compuso, orquestó y protagonizó un papel central.Proscribiendo y persiguiendo rivales políticos, violentó las más básicas de las garantías democráticas, buscando elevarse como el único y verdadero partido del orden, tuteló cualquier reducto democrático. Fortaleciendo así los aparatos burocráticos del Estado en detrimento del ejecutivo y el parlamento.

Varios cables filtrados por Wikileaks revelan el entrenamiento, que entre otros, recibió el célebre Sergio Moro en el Projeto Pontes que buscó “consolidar el entrenamiento bilateral de la aplicación de leyes y habilidades prácticas de contraterrorismo”, dando cuenta del alcance continental que estos mecanismos poseen.

Las disputas palaciegas, conspiraciones y traiciones, entre los pasillos de los aparatos políticos, concertaba con un clima de malestar social extendido. Luego de tres mandatos consecutivos del PT: no se avanzó en cambios sustanciales en términos económicos y sociales; no se alteró la estructura de la tierra, fuertemente concentrada en una ínfima minoría social; no se modificó la extraordinaria concentración de riqueza de una pequeña élite económica, que sumerge en la pobreza a la inmensa mayoría del pueblo brasileño; no se terminó con un sistema prebendario corrupto que atraviesa el conjunto del sistema político. El apoyo de los movimientos sociales y las centrales de trabajadores fue, poco a poco, transformándose en un elemento subsidiario, en la estrategia del PT, frente a la realpolitik y sus avatares. Menguando la participación efectiva en la toma de decisiones y dejando intactas las estructuras tradicionales de poder. Generando, poco a poco, una desconexión cada vez mayor entre la base social y la conducción del PT.

Las elecciones generales del 2014 dieron cuenta de dicha situación. El candidato de la derecha y el establishment, Aécio Neves del PSDB, quedaba a un suspiro del PT. El avance de la derecha junto a la crisis económica colocaron a la reelecta presidenta, Dilma Rousseff, finalmente en una encrucijada. Con la ilusa esperanza de contener el avance de la derecha optó por intentar pactar con ella. Adoptando parte de su agenda, nombró incluso a personal del establishment para su flamante gabinete. Con la fantasía de calmar las ansias de los sectores dominantes, quienes exigían mayores garantías, no solamente fue mermando aún más su apoyo social, en base a las concesiones a la derecha, sino que además se fue desarmando para enfrentar las disputas venideras, mientras sus oponentes se hacían cada vez más fuertes. La estrategia del PT fue apostar a un armisticio que sus oponentes no estaban dispuestos a aceptar. Ya por aquel entonces, varias de las movilizaciones empezaban a pedir su destitución.

En ese clima, en medio de escándalos de corrupción generalizados incentivados por los medios corporativos, la derecha que no había sido refrendada en los comicios encontró la oportunidad para hacerse del gobierno por otros medios, impulsando junto a las corporaciones mediáticas y el poder judicial la operación “Lava Jato” y la posterior destitución por medio del impeachment.

Una conspiración entre los medios hegemónicos de (in)comunicación, el poder judicial y sectores de las clases dominantes (con eje en San Pablo) se dieron cita finalmente y, entre los ecos de un lúgubre requiem, dieron lugar al golpe de Estado eufemísticamente llamada impeachment.

Los parlamentarios, que perpetraron la farsa, lo hacían en nombre de “la religión, Dios y la familia”, “en defensa de la propiedad privada” y “por la policía militar”. Armonizando con lo más reaccionario de las movilizaciones del “Fora Dilma” que bregaban por “acabar con la dictadura comunista del gobierno del PT” y demandaban la intervención de los militares en el gobierno.

Entre aquel desfile de fuerzas reaccionarias, un ex-capitán del ejército prácticamente desconocido logró sobresalir entre sus pares por su inexpugnable honestidad. Declarando que los derrotados de 1964 volvían a perder en ese momento, dedicó su voto “al temor de Dilma Rousseff; a la memoria del Coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra”. Invocando la memoria de un sádico genocidio, que durante la última dictadura militar torturó, entre otros tantos militantes populares, a la propia ex presidenta; volvió abrir las heridas no curadas, las marcas de los suplicios que forman toda una nación. En ese momento, Jair Bolsonaro dejó de ser un ex-capitán del ejército prácticamente desconocido. Anunciaba la tempestad por llegar.

El heroico acto de salvación de la República, ante su degeneración corrupta, fue promovido por una comisión especial de la Cámara de Diputados integrada por 38 parlamentarios, 36 de ellos con causas por corrupción, entre los cuales 26 estaban señalados por evadir la Justicia. Luego votó su destitución una cámara baja integrada por el 54% de sus miembros bajo proceso (273). Finalmente, pasada la primera etapa, 61 senadores de los 81 que dieron quórum, votaron a favor de enterrar el mínimo de garantías democráticas. Así se consumó el golpe.

3) El impeachment en Brasil emergió como una variable en desarrollo, de la crisis de los mecanismos de hegemonía tradicionales de las clases dominantes. Constituidos a través de la pactada transición democrática del ’85 y cristalizada en el proceso de la Asamblea Nacional Constituyente del ‘87 -’88. Esta transición, al igual que en el resto del cono sur, inauguró un régimen democrático producto de la derrota de la clase trabajadora en los ’60/’70.

El golpe de Estado supuso el impulso hegemónico de las fracciones del capital financiero, enraizado con aquellas fracciones del capital más internacionalizados, a fuerza de fusil. Característica compartida junto al resto de las dictaduras institucionales de los´70 del cono sur.

La posterior transición democrática fue custodiada por esos mismos fusiles. Tal es así, que el Poder Militar se aseguró, como prenda de intercambio al nuevo régimen político, un papel vigilante proclamándose “la garantía de los poderes constitucionales”. Asimismo, la transición democrática supuso un manto de impunidad por los crímenes del régimen militar, que continúa hasta el día de hoy.

Durante todo el periodo inmediatamente posterior al impeachment, se fue acrecentando una polarización entre las figuras del ex presidente Lula y Michel Temer, ardid del golpe. Mediante una fuerza centrífuga, que hizo añicos incluso al centrão, todos los partidos tradicionales fueron arrojados hacia uno de los polos. Derrumbando consigo al sistema de partidos del régimen. Así el PT vio cómo se quebraba, bajo sus pies, el entramado de alianzas tejidas con el sistema político tradicional, pese incluso a sus innumerables esfuerzos para evitarlo. Como contrapunto de esta situación, se fue acrecentando el vínculo con el PCdoB, un vínculo cada vez más estrecho con movimientos sociales como el MST, Levante Popular y un sector de la izquierda agrupada principalmente en el PSOL.

En la crisis del régimen, se entrelazan, sobre imprimiéndose: la crisis económica desatada en 2008; los descontentos populares que coágularon en las movilizaciones de junio y julio del 2013; el reverberar de la crisis económica del 2014; el descontento de los sectores sociales que intentaron ser integrados a través del consumo. Las crisis suponen un quiebre en la relación tradicional, entre representantes – representados, que como correa de transmisión se extiende al conjunto de los aparatos del Estado, dando prevalencia hacia aquellos sectores burocráticos del aparato estatal. De acá se desprende la relevancia que el poder militar y judicial adquiere en este periodo.

Sin embargo, las crisis no producen, por sí mismas, acontecimientos fundacionales, aunque sí crean terrenos más favorables para el ensayo de iniciativas que en otros momentos de estabilidad parecen, cuanto menos, improbables. Estas condiciones de posibilidad se encuentran íntimamente ligadas al grado de desarrollo que las distintas fuerzas adquirieron en el periodo inmediatamente anterior, su disposición para la lucha política y al grado de compromisos asumidos con el viejo orden, que en el ocaso del mismo amarra a su hundimiento. Así es que, en cada crisis se debaten quienes con melancólica impotencia, pretenden conservar las cosas tal cual son, o en su defecto, restablecerlas como en algún momento supieron ser, olvidando que nunca se cruza dos veces el mismo río; y entre quienes profesan, invocando las promesas del futuro, resolver la crisis destruyendo el orden vigente.

Las miradas reduccionistas y mecanicistas ven siempre, en estas tendencias históricas, el augurio de un “giro a izquierda” de las masas. Incluso en aquellos escenarios donde la derecha avanza argumentan que, dicho movimiento, es condición necesaria para clarificar las fuerzas en disputa; autoproclamandose parte esencial de los aconteceres, independientemente del grado de desarrollo que posean. Divorcian el análisis concreto de la disposición real de las fuerzas en pugna, siendo portadores de un ilusa confusión teleológica.

Las miradas conformistas y temerosas tienen siempre, en estas tendencias históricas, reflejos conservadores. Argumentan que no se puede avanzar más de lo que está permitido. Ven en todo acto de insubordinación popular un peligro latente. Contagian su desmoralización, mostrándose insensibles ante el acontecer de los nuevos procesos y sus energías liberadas. Apegándose a las viejas formas e instituciones se vuelven fuerzas reaccionarias, defensoras de un orden que ya es imposible.

Una crisis de la hegemonía burguesa resulta condición insoslayable para la articulación de un nuevo bloque histórico que pueda disputar el poder político, en un sentido favorable y duradero, a las clases subalternas. Sin embargo, esta verdad debe ser aceptada a condición de saber que el resultado de la disputa no está determinada de antemano y que solamente se determinará en el transcurso de la lucha. De la misma manera que el contenido específico de las distintas articulaciones que se den las fracciones de clases, sus proyectos y sus representaciones, en el trajinar de los acontecimientos tampoco está determinado de antemano.

En todo momento de crisis, nada es lo que era y nada será lo que fue.

4) En el suspiro agónico del régimen político encontró su aliento y del clima producido por el golpe, los resquicios putrefactos que oficiaron como condición para su emergencia. Jair Bolsonaro es el producto y la expresión política más acabada, hasta el momento, del golpe de Estado del 2016.

Tras casi 30 años de una mediocre y gris carrera política, logró conectar con el odio, las angustias y los miedos de un sector social agobiado por un profundo malestar económico e indignado por la corrupción del sistema político. Empalmar con parte de los pilares subjetivos, valores y cosmovisiones de un sector vinculado a la derecha evangélica, extendida de manera capilar en las barriadas populares, que cuenta con una fuerte presencia mediática. Consiguió empalmar con la reacción provocada por la lucha contra la discriminación racial y sexual en vastos sectores conservadores, haciéndose portador de las banderas anti-derechos. Logró dar pretendidas respuestas a flagelantes problemáticas como la extensión de la violencia y la inseguridad, haciendo gala de un punitivismo que los lobbistas de la “justicia por mano propia” vienen instalando en un país donde se calcula un promedio de 175 asesinatos por día. Consiguió con éxito encauzar el odio al PT, mostrarse como el verdadero antagonista y como un outsider limpio de las vicisitudes de la política tradicional.

De esta manera se fue gestando la contienda electoral. Nuevamente la voluntad del poder judicial y del poder militar fueron unívocas en no permitir que el candidato del PT vuelva al Palacio del Planalto. Haciendo gala, con un nivel de obscenidad inmensurable, de la parcialidad del poder judicial, luego del golpe y la encarcelación injustificada de Lula, un juez del Supremo Tribunal Federal, Luiz Fux tomó la decisión de vetar la autorización para que Lula pudiese dar entrevistas antes de las elecciones. Y el Tribunal Superior Electoral de cancelar el registro biométrico de 3,3 millones de votantes. De los cuales 1, 5 millones de votos correspondían al Noreste, siendo la región más favorable al PT. Lisa y llanamente un robo de votos. De esta manera, no solamente quedó fuera de la contienda el candidato más popular de Brasil, sino que además se fue ensuciando la contienda en claro perjuicio al PT.

En la primera vuelta Bolsonaro logró hacerse de 49 millones de votos (46%). Su principal contrincante, el candidato del PT, Haddad de 31 millones (29%). En tercer lugar, quedó Ciro Gomes, de la centroizquierda devaluada del PDT con 13 millones de votos (13%). La suma del total de votos de los otros candidatos es de 26 millones. El conteo de blancos y nulos de 10 millones, las abstenciones de 30 millones. La Bolsa de Sao Paulo amaneció luego de los comicios del domingo con un alza del 6%, optimismo y festejos de una de las mayores burguesías del continente.

En cuanto a la Cámara de Diputados, tradicionalmente más fragmentada que la cámara alta, hubo un fuerte desplazamiento de votantes de los partidos tradicionales hacia Bolsonaro. El PMDB, que ocupa un papel destacado en todos los gobiernos desde el fin de la dictadura militar, perdió 31 bancas y el PSDB 18, mientras que el PSL de Bolsonaro pasó de tener 2 a 52 bancas. El PT, por su parte, mantuvo casi su caudal de bancas, bajando de 58 a 56. De esta manera son las dos fuerzas con mayor peso en diputados.

En cuanto al senado, el PSL de Bolsonaro, que no tenía representación, consiguió hacerse de 4 de las 81 bancas, mientras el PT de 6. El resto queda divididas entre 19 partidos, siendo la primera minoría de apenas 12 bancas, del MDB. La mayor fragmentación de la historia del senado brasileño.

5) La apremiante situación en Brasil no admite vacilaciones. En el ballotage del 28/10 no se juega una contienda electoral más, se disputa parte del futuro de toda Nuestra América. La victoria de Bolsonaro es una amenaza para los demócratas bien intencionados, las izquierdas, los movimientos sociales, el pueblo trabajador y los sectores populares, tanto dentro como fuera del gigante sudamericano. Representa una amenaza para los sueños y las esperanzas de toda una generación donde no hay lugar para medias tintas. Hay que decirlo con todas las letras: Bolsonaro representa una fuerza neofascista que debe ser derrotada en las urnas y en las calles.

Que Fernando Haddad gane las elecciones es una tarea que necesita del concurso de todos nuestros esfuerzos. La derrota electoral de Bolsonaro es una condición que establecer mejores condiciones para enfrentar la amenaza que acecha al continente. En esta situación, la izquierda se debate entre dos posiciones pretendidamente antagónicas, pero cuyos resultados, en este contexto, pueden resultar simétricamente catastróficos.

Por un lado, un sector se ha dedicado sistemáticamente a desestimar lo que hay en juego planteando que las elecciones son un elemento secundario y de poca importancia, siendo que la verdadera batalla estaría en “la lucha de clases”. Confesando tener una visión abstracta de lo que es la lucha de clases, olvidan que, en ciertos momentos históricos, la lucha electoral adquiere una relevancia estratégica y que ahí también se juega parte de la batalla. Este es uno de esos momentos. El deber de la izquierda no puede ser otro que hacer todo lo que esté a su alcance para impedir que lo más reaccionario del bloque de poder se haga de las riendas del ejecutivo. Esto no tiene otra traducción posible que la victoria de la coalición de Fernando Haddad (PT) y Manuela d’Ávila (PCdoB). No importa cuantas diferencias se tenga con esas fuerzas, lo que se impone es luchar contra Bolsonaro. Las construcciones políticas y sociales de las izquierdas se verán seriamente amenazadas en caso de que gane el candidato fascista, siendo uno de sus principales blancos. La misma suerte correrán todos los derechos conquistados a lo largo del último periodo.

Por otro lado, otro sector confisca toda su estrategia a la cuestión electoral. Subestiman las fuerzas del golpe y el neofascismo. Aún una eventual derrota en el ballotage -imprescindible- no revertirá automáticamente el gigantesco avance que lograron las fuerzas de Bolsonaro que logró colocarse como una de las principales fuerzas a nivel nacional. Hay que enfrentar a las fuerzas neofascistas en las calles, en los barrios, en los lugares de trabajo y los lugares de estudio. Combatiendo a los sectores más decididos. Persuadiendo a los indecisos de que ninguna solución a sus penurias pueden venir de la derecha xenófoba, misógina y racista, vinculada por miles de hilos a los sectores dominantes.

Asimismo, se ha visto como se dispuso a jugar todas las fuerzas del Estado, el poder judicial, el tribunal superior electoral, el poder militar, así como las corporaciones mediáticas y la gran burguesía ¿Bajo qué ingenuidad irresponsable se puede pensar que una vez terminadas las elecciones, estas fuerzas, no seguirán presentando batalla? La situación en Brasil revela con total dramatismo que tan descartable resulta esta democracia para los sectores dominantes. Dejar al Estado, tal como está, como si fuese el guardián de la lealtad de las reglas de juego democráticas, equivale a entregar lo que queda del régimen democrático a su pelotón de fusiladores. Es momento de construir y conquistar nuestra democracia. Donde las reglas del juego no estén hechas para que el casino siempre gane.

En ciertos momentos históricos, la lucha de clases, manifiesta todo el dramatismo de sus batallas. Determinando los sucesos ulteriores de manera indeleble, en cada una de las contiendas se bifurca posibilidades históricas. Ahí es donde la praxis humana revela tanto la condena de su responsabilidad, así como, toda su capacidad creadora. El tiempo parece desobedecer sus propias leyes, confabulando contra los relojes desnudan la incapacidad de medir la linealidad de los hechos.

Se trata de poder estar a la altura del desafío histórico que a nuestra generación le toca vivir.

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