13 y 14 de junio: aprendizajes

[Por Diana Broggi y Mariel Martínez]

Ir por todo. Encarar un proceso de militancia a puro pulmón y con el cuerpo dispuesto, peleando por un derecho para todas, en todo el país.  El 13J y 14J nos dejaron aprendizajes profundos que recién empezamos a percibir, que van apareciendo como reflexiones inmediatas de una ola que efectivamente se convirtió en tsunami y que vamos surfeando en masa.

 

NO SE ABORTA DE UN REPOLLO

La hoja de ruta indica ir a contramano. En una sociedad civil, en un sistema político permeado por los dogmas del catolicismo, los mandatos del patriarcado y los vínculos que moldea el capitalismo, cada batalla del movimiento de mujeres y feminista se nos presenta no sólo como disruptiva. Es también antisistémica. Persistencia, tenacidad, paciencia. Venimos repitiendo. Es que así es, esta media sanción, este proyecto de ley, este llegar a las instancias legislativas del sistema democrático que tenemos por ahora, es el resultado –uno de los posibles, de los muchos- de la organización de personas concretas que comprometieron su militancia alrededor de un deseo y una tarea. La campaña, tal como la conocemos, marcó un camino. Allá por el 2003 aparece, allá por el 2005 entrega su primer trabajo articulado: la recolección de cien mil firmas que pedían aborto legal, seguro y gratuito. Al año siguiente fue el proyecto y así los que vinieron y luego la historia que vivimos y que ha tenido en estos días un párrafo feliz (no hablemos de finales felices. Nosotras no tenemos finales). La campaña es, además de trabajo político y pedagógico, un conjunto de nombres de mujeres que duermen poco y militan mucho. Muches los escucharon por primera vez en la boca del emotivo discurso de la diputada del PRO Silvia Lospennato y ay qué horror. Pero nosotras las conocemos desde siempre. La novedad, para nosotras, no son las Rosemberg ni las Coledesky: son las Lospennato. Las imprescindibles son las nuestras. Emocionar a almas insensibles no nos asquea ni nos causa escozor. Pero ahora hablemos de nuestra historia, que la de elles ya tiene mucha prensa.

Los encuentros, la campaña. En estos días de efervescencia feminista cruzábamos palabras. Cuánto hace falta que no deje de aparecer en las intervenciones, en los debates, la presencia de los Encuentros Nacionales de Mujeres. Porque, sin exagerar, podríamos decir que todo viene de ahí.  Enseguida nomás, tres años después de la vuelta de la democracia, las mujeres de nuestro país comenzaron a juntarse una vez por año y este encuentro creció, y fue masivo, y es casi inédito en el mundo. Muchas de las discusiones que empezaron a darse allí parieron luego luchas y conquistas. El derecho al aborto no es la excepción. Antes, feministas militantes, luchadoras de los sesentas y los sententas, habían formado la Codeab (comisión por el derecho al aborto) en uno de los tantos encuentros que posibilitaba ATEM (Asociación Trabajo y Estudio sobre la Mujer) que reunía a mujeres que regresaban de sus exilios fuertes y feministas (Hilda Rais, que en el 84 abría en el país el debate sobre el lesbianismo, Dora Coledeski que abrazada a la revolución abrazó también en Francia el feminismo). Más luego fue el Encuentro Nacional el articulador, el amplificador, la ronda de mate.  En nuestra historia no hay repollos, ni casualidades o destinos asignados. Hay una obstinada y hermosa capacidad de dar vuelta la realidad y crear otra. Nuestros espacios de articulación son expresión de esa capacidad. En ellos puede leerse la historia de nuestras historias, de lucha, de derrotas parciales, de triunfos colectivos.

NUESTRAS HIJAS SANAS

Decimos:el patriarcado cría hijos sanos. Aquellos que violan, matan, abusan, invisibilizan, desconfían de la palabra y del cuerpo de las mujeres y de todas las femeneidades, no son excepciones ni patologías o enfermedades, sino simplemente expresiones acabadas de un sistema desigual que llamamos patriarcado y que educa con mensajes claros y ejemplos contundentes. Pero resulta que también el feminismo educa.

Cuántas pibas chiquitas, adolescentes, cuantas mochilas de escuela decoradas con un pañuelo verde. Cuánto brillito y labial en esta lucha que adquirió una estética entre la preparación para la batalla y para la fiesta. Fue buena nuestra lectura desde el principio: no era una renovación, era una suma. Es tan poderoso ver a las jóvenes organizarse como ver a militantes que lucharon por la liberación de la patria en los 70 renovar sus convicciones en medio de glifter verde e irreverencia adolescente.

La fuerza transgeneracional nos merece admiración atenta. Hay una potencia transformadora y una continuidad histórica en la radicalidad con la que la juventud que hoy reclama la legalización del aborto se planta politizada en las tomas de los colegios, enuncia y hace propio el nonoscallamosmas, señala las desigualdades en sus propias instituciones. Se trata de una generación consciente de sus derechos y su capacidad por conquistarlos y defenderlos. Las pibas son alumnas atentas al método de persistencia que nos enseñaron las abuelas y las madres: como en las rondas semanales alrededor de la pirámide de mayo, los martes y jueves en congreso se convirtieron en una cita obligada de confluencia, de construcción identitaria.

Siempre repetimos aquella frase que recuerda que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Parece no ser este el caso. Las continuidades resuenan en nombres de formas de organización (las madres, las abuelas, los frentes de liberación homosexual, los encuentros de mujeres) y también en nombres propios (las Evas, las Doras, las Hildas) y las rupturas son prometedoras; implosiona lo lineal y lo categórico y llena el aire de sororidad y brillantina.

EL SABOTAJE COMO POLÍTICA

Cantamos como un himno: se va a caer. Claro, sucederá, estamos convencidas. Quizás no tenga una fecha precisa, quizás no sea estruendoso su desmoronamiento. Quizás se vaya cayendo de poco, herido y tambaleando de tanto que le serruchamos el piso.  María Galindo, hermana feminista boliviana, dice que “la lógica de la lucha no es la victoria triunfalista sino el sabotaje permanente y tenaz”. En esa tarea estamos, constantes, explotando pequeñas bombas, rompiendo alguna pata para que tiemble la estructura, acuchillando las costillas del sistema para que no haga demasiado daño sus pataleos el día que les luchadoras que nos siguen y nos trascienden le den uno de los muchos tiros de gracia.

Esa es la historia de nuestra historia. El patriarcado tembló cuando conquistamos nuestros primeros derechos políticos y civiles, cuando logramos una ley que nos reconociera nuestras identidades, cuando alcanzamos aquella que dejaba que nos casásemos con quien quisiéramos. Ahora tiembla porque ser madre ya no puede ser una obligación, porque los mandatos de la iglesia sucumben junto con su idea de familia que no es, en la evidencia de una construcción vincular disidente, en donde las identidades sexuales proliferan en un vivenciar de presente y un futuro de mayor libertad. Ya no es, ni siquiera, deseo. Chilla el papa y nos dice nazis y sus acólitos advierten en eco el peligro de una eugenesia social que habita sólo en su mundo imaginario de dogmas y ficciones. Qué líos hicieron en las lógicas de las personas que se autodenominaron pro-vida y que nosotres llamamos, por ejemplo, “anti-derechos”, las imágenes de embarazadas con la consigna de la legalización del aborto pintadas en sus panzas, o las madres que envolvían a sus pequeñes en el pañuelo verde abortero. Qué gusto hubiera sido ver alguna de esas parálisis cerebrales provocadas por sus propias falacias. El aborto es una elección. La maternidad también. Lo que manda es nuestro deseo. Y nuestro deseo será la ley.

Algunos varones (porque sí, son varones) e incluso algunos hermanos de calle, salieron a señalar algo urgente: hay que luchar contra el ajuste. No hay que distraerse. El país está siendo manejado rumbo al naufragio, se profundiza la desigualdad económica, se enquistan las más reaccionarias castas políticas en las lógicas gerenciales del estado. Sí que hay que repetirlo, sí que hay que saberlo como también hay que saber que nuestras batallas no están escindidas. Hemos escrito, hemos pensado juntas tantas veces cómo la pobreza es más cruda en nuestros cuerpos de mujeres, en nuestros cuerpos disidentes. Hemos batallado tantas veces contra opresiones múltiples: patriarcales, económicas, institucionales. Somos las mismas que al lado de les compañeres nos fumamos lo gases de diciembre, las que resistimos el 2001 con ollas populares, inventamos nuevas formas de organización, las que el 4 de junio marchamos contra el ajuste. No somos nosotras las que no debemos distraernos. La lucha y la resistencia han sido nuestra escuela. Hemos dormido siempre con un ojo abierto. No hemos confiado en el patriarcado ni en el capitalismo ni un tantito así.

Aparte de los votos de la neoliberal Lospennato y del ajustador Lipovetzky, ganamos con los votos de varios traidores del PJ, de los oligarcas del radicalismo y de sectores que están, en la lucha callejera, del otro lado de las vallas. Sí, ganamos esos votos. Ganamos en este contexto quiere decir los arrancamos, los trabajamos, fuimos por ellos. Sabíamos que esta batalla se ganaba así, porque tenemos conciencia histórica y aprendimos de la conquista de otros derechos que se gana cuando se construye una hegemonía tal que votarnos en contra significa una condena. Nuestra formación feminista, que es profundamente política, nos permite entender eso, como nos permite entender por ejemplo que los trabajadores se plieguen a paros conducidos por burócratas o que sectores enteros del campo popular estén dirigidos por masculinidades hegemónicas.  Avisarles a los compañeros sería subestimarles. Y nosotras sí creemos que están a la altura. Deberían intentar lo mismo con nosotras y de paso cuestionar también esas estructuras que los privilegian y no nos incluyen. Para que la lucha sea una, es necesario estar convencides de ello.

Y así es como se van a caer. Capitalismo y patriarcado. Se van a caer porque estamos trabajando para eso, porque cada victoria parcial pero rotunda es una práctica saboteadora. Se van a caer porque nos levantamos cada día pensando en herirlos y nos acostamos soñando otro tiempo. Se van caer porque desde que les pusimos nombre estamos preparando con tenacidad sus tumbas para que nuestres hijes, o los hijes de nuestros hijes, todes frutos del deseo y ningune del mandato, usen sus huesos de abono, planten otro mundo, armen el subsuelo de otra tierra, amasen un humus que se nutra de nuestra historia, de nuestros triunfos y también de nuestras derrotas. Se van a caer porque comprometimos nuestras vidas en ello. Hasta que todes seamos libres.

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